Atención a suscriptores
Santiago de Chile.   Mar 27-07-2021
7:28

Inicio Documentos Reportajes Entrevista Ensayo Multimedia
El boinazo del 93
En pocos momentos de la historia de Chile un caso de corrupción termina sacando militares a la calle para amedrentar al poder civil. Lo ocurrido en mayo de 1993 fue uno de esos tristes casos, que se adornó con otras demandas institucionales pendientes.
Documentos

Reportajes
Pinochet sacó las boinas por el hijo El periodista Oscar Sepúlveda recrea un tenso hito entre el poder civil y el militar durante el gobierno de Aylwin, que se inició por el caso de corrupción del hijo del general, pero que en el camino se le agregaron otras demandas.

Entrevista
Enrique Correa: “Pinochet amenazó con sacar tanques a la calle” Ex ministro secretario general de Gobierno repasa lo vivido a partir del 28 de mayo de 1993. Según él, a diferencia del “ejercicio de enlace”, este fue un acto más comunicacional que sustantivo.

Enrique Correa: “Pinochet amenazó con sacar tanques a la calle”

Ex ministro secretario general de Gobierno repasa lo vivido a partir del 28 de mayo de 1993 cuando se movilizó al Ejército por el caso “pinocheques”. Según él, a diferencia del “ejercicio de enlace”, este fue un acto más comunicacional que sustantivo.

Una de las pocas fotos de Pinochet con Enrique Correa: ‘Usted es zorro y yo también. Tengo la pura cara de h… no más, así es que no me emboline a Ballerino’, recuerda el segundo que le dijo el general en medio de la crisis política del boinazo.



Por Oscar Sepúlveda P.


Si hubiese que escoger tres actores claves del “boinazo”, registrado a fines de mayo de 1993, uno de ellos es sin duda Enrique Correa Ríos, en esa época ministro secretario general de Gobierno. En ausencia del Presidente Patricio Aylwin que se encontraba de gira por Europa, Correa, junto a Enrique Krauss, Vicepresidente de la República, debieron hacer frente a la movilización militar liderada por el general Augusto Pinochet, aún al mando del Ejército, pese a haber sido derrotado en el plebiscito de 1988.


Dedicado hoy a su consultora Imaginacción y a la revisión de un libro político que publicará en los próximos meses, Correa accedió a hablar acerca de cómo el gobierno de Aylwin enfrentó ese delicado momento.


–A 27 años de ocurrido el “boinazo”, ¿se profundiza o atenúa su percepción de la gravedad de ese acto?
–Diría que de los dos movimientos militares que ocurrieron durante el gobierno del Presidente Aylwin –el “ejercicio de enlace” y el “boinazo”, ambos motivados solo por la situación judicial del hijo del general Pinochet– el “boinazo” fue más vistoso que importante. En rigor, fue un acto demostrativo, que consistió en vestir a los militares con uniforme de batalla, y que buscaba generar temor en la población y presionarnos con ese temor. Fue una versión light, aminorada, de los “carapintada” argentinos. El poder de presión de Pinochet ya venía en declive. Nosotros nos dimos cuenta de que se estaba jugando con el temor de las personas y que lo más importante era que la gente común supiera que el gobierno cumpliría con su responsabilidad.


–La noticia de ese movimiento militar lo pilló en el norte. ¿Cuál fue el tono del mensaje que recibió?
–Iba camino a Calama, a reunirme con el último grupo reconocido por la ley indígena, el atacameño. Mientras hacía escala en Antofagasta, recibí un llamado del Vicepresidentede la República, Enrique Krauss, en que me pedía volver a Santiago porque estábamos viviendo una situación preocupante.


–¿Cuál fue su primera reacción?
–Yo iba en un avión de la FACh, así que de inmediato indiqué que ya no iríamos a Calama sino que volvíamos a Santiago.


–En el vuelo de regreso, ¿se asomaban en su mente algunos fantasmas de hechos pasados?
–El Vicepresidente no me había dado muchos antecedentes de lo que ocurría, pero pensando en ello lo relacioné con un almuerzo final que tuvimos Enrique Krauss, Edgardo Boeninger y yo con el Presidente Aylwin, antes de que él iniciara su viaje a Rusia. Ahí, Krauss comentó que tenía información de que el Consejo de Defensa del Estado (CDE) estaba preparando una querella contra Augusto Pinochet Hiriart, hijo del general Pinochet, por quiebra fraudulenta de su empresa Valmoval, lo que podía generar inquietud en Pinochet y el Ejército.
Esta historia había partido en 1990, cuando se descubrió el pago del Ejército a Valmoval de tres cheques por mil millones de pesos, hallazgo que motivó el‘ejercicio de enlace’ realizado por el Ejército ese año. El caso fue sometido a una comisión investigadora de la Cámara de Diputados, la cual si bien no llegó a resultados concluyentes, sí decidió enviar todos los antecedentes al CDE, que ahora preparaba una querella ante tribunales.
Ante eso, el Presidente Aylwin nos había hecho una clara definición de principios: igualdad ante la ley y no tener ninguna consideración al respecto, más allá de la que correspondiere al cumplimiento de la ley por parte del CDE, del gobierno y del Poder Judicial. Esa era la única información que yo tenía.
Ese día, en el vuelo de vuelta a Santiago,venía pensando que después del ‘ejercicio de enlace’ (de 1990) había quedado claro que la posibilidad de presiones abiertas del Ejército sobre el Ejecutivo estaba muy limitada. Ese era el supuesto sobre el cual trabajábamos tanto el Presidente Aylwin, como Krauss, Boeninger y yo. Si bien cuando llegamos al gobierno, partimos más con el gobierno que con el poder, porque los militares retenían una cuota importante de este, ahora nosotros entendíamos que ya habíamos logrado acotar eso.
Al llegara Santiago, partí a reunirme con Krauss y el ministro de Defensa, Patricio Rojas, en La Moneda. Lo que estaba en cuestión en ese momento –aunque no era todo el problema– fue una llamada directa del Ejército a la dirección del diario La Nación, medio al que habíamos dado autonomía, pero que estaba sujeto a la autoridad del gobierno, para dictarle un titular ridículo, que decía:‘Ejército actúa conforme a la ley en el caso cheques’. En el momento en que se produjo esa llamada, el director, Abraham Santibáñez, había ido a una recepción, así que la atendió el subdirector, Alberto Luengo. Hablé con Alberto y le dije que no podía haber ningún factor externo, ni el Ejército ni el gobierno, que influyera siquiera en la redacción de un titular, por lo que le sugerí que no volvieran a atender esas llamadas, y que ellos decidieran,de acuerdo a los protocolos del periódico. Como tú recordarás, al día siguiente La Nación salió sin titular y con una gran foto que mostraba a los militares armados.


Como no podía decir abiertamente que estaba utilizando a toda la institución para proteger a su familia, tenía que meter más puntos, entre ellos asuntos que tenían que ver con juicios a militares, decretos retrasados…


–Si se desclasificaran los antecedentes reservados del “boinazo”, ¿qué momento diría que fue el más difícil de manejar para ustedes?
–Debo reconocer que, al principio, creí que solo se trataba de una presión sobre La Nación, así que pensé que el asunto había quedado cauterizado en esa conversación mía con el diario. Pero en el curso del día y al día siguiente algunos militares empezaron a llamar a distintas autoridades y líderes políticos, para advertir que había una situación muy delicada en el Ejército. En un momento, Krauss me dijo que efectivamente este posible encauzamiento del hijo del general Pinochet había producido una inquietud muy grande en él y que estaba moviendo a toda la institución para defender a su hijo. Pensaba que lo que correspondía era reunirse con Pinochet, en lo que yo estuve de acuerdo. Ambos coincidimos en que debía ser en La Moneda. Cuando se lo planteó, Pinochet le respondió una cosa insólita: que no, porque La Moneda estaba llena de micrófonos. Por supuesto que no era cierto. No sé quién pensaba él que los habría puesto (se ríe). Pinochet, en cambio,le propuso que nos reuniéramos en un regimiento. Ahí Krauss le dijo naturalmente que eso no era posible. Para buscar una solución amigable, que no resultara indigna para nadie, se concordó en la casa del general Ballerino, lo que efectivamente ocurrió. Eso fue producto de un rol político responsable por parte del Vicepresidente para buscar un abuenamiento que evitara una difusión de temor al país sobre un eventual retorno a lo que habíamos vivido. Más allá de lo que se piense sobre la dictadura –quienes nos opusimos, por supuesto, tenemos un juicio terrible sobre ella–, para la gente común la dictadura fue un horror, un horror, y volver al horror produce pánico. Pinochet trabajaba sobre la base de ese temor, y eso era lo que nosotros teníamos que neutralizar.


–Militares que presenciaron la reacción de Pinochet,al divulgarse la reactivación del caso cheques, aseguran que era tal su furia, que ese 28 de mayo de 1993 pudo haber habido no solo un “boinazo”, sino un nuevo golpe de Estado? ¿Lo ve así?
–No. Tanto el “ejercicio de enlace” de tres años antes, como su resolución, habían venido a decir que los militares ya no tenían posibilidad de acción más allá. Es verdad que Pinochet temía mucho por la situación de su hijo. De hecho, cuando surgió el tema de los cheques (en 1990), Pinochet me mandó a decir a mí que él estaba dispuesto a acortar su mandato, irse de la Comandancia en Jefe, si el asunto de su hijo se resolvía. Me lo transmitió Ballerino en el Hotel Miramar, de Viña. Yo le informé al Presidente y le recomendé que el ministro de Defensa llamara a Ballerino para que nos ratificara esas palabras. Se reunieron y las ratificó, pero ocurrió ahí algo muy extraño. Cuando el ministro le hizo una pregunta obvia: “¿Y cuándo sería? ¿A qué llama el general Pinochet ‘acortar’ su mandato?”, Ballerino le respondió: “Usted me está presionando” y salió de la reunión diciendo que el gobierno había presionado por la salida de Pinochet. O fue un invento de él o una trampa del Ejército. Y ahí hicieron el “ejercicio de enlace”. Usaron esa figura porque no podían acuartelarse, habría sido ilegal.

–Volviendo al “boinazo”, debe haber sido complicado para ustedes hablar con los militares mientras el Presidente Aylwin decía desde Europa que con los militares no se negocia.
–No, él nunca usó esa expresión y tampoco era lo que estábamos haciendo. Lo que sí, cuando el Vicepresidente le dijo que sabíamos por determinadas fuentes que la decisión del CDE sobre el hijo de Pinochet producía inquietud en el Ejército, el Presidente nos indicó que el general Pinochet debía tener en cuenta la igualdad ante la ley. Esa fue la expresión que usó. Siempre nos advirtió ser muy firmes con los militares en los límites institucionales de su acción y en la obligación nuestra de que los militares no interfirieran en aquellos asuntos que eran atribución exclusiva del gobierno.


–Digo que debe haber sido complicado para ustedes lidiar con los militares, porque ese día se escucharon voces en el Ejército que no descartaban acciones de fuerza, como ocupar La Moneda incluso.
–¡No, eso jamás estuvo en la agenda! Tal vez Pinochet pudo haber dicho eso en los momentos de indignación que pudo haber tenido, pero no. Si revisas los noticieros, nunca hubo un reguardo especial para La Moneda. Ese riesgo no existió.


El origen del caso se remontaba a la recompra que hizo el Ejército a Augusto Pinochet Hirart de la empresa Valmoval en US$3 millones. La misma estaba en quiebra y se la había vendido dos años antes esta institución al hijo del general.



–¿Y fue muy tensa la reunión con Pinochet en la casa de Ballerino?
–A esa reunión en la casa de Ballerino, realizada al día siguiente del “boinazo”, el general Pinochet llegó con uniforme de guerra y acompañado de un militar que yo no conocía y que tomaba notas. Pensé que sería un secretario. En algún minuto tuvimos una discrepancia sobre una situación administrativa no muy relevante que se había producido, y respecto de la cual el ministro de Hacienda había hecho un pronunciamiento. Yo le hice presente al general Pinochet que, como vocero, yo también me había referido al tema, en términos que no eran desiguales. Y este señor que tomaba notas levantó la cabeza y comentó: “Pero eso lo dijo usted, ministro”. Pensé:“¡Qué singular este caballero! Debe ser algo más que solo para tomar notas”. No me preocupé más del asunto. El general Pinochet expuso una larga lista de reclamos, todos orientados a diluir el problema de fondo que tenía que ver con la anunciada querella contra su hijo. Como no podía decir abiertamente que estaba utilizando a toda la institución para proteger a su familia, tenía que meter más puntos, entre ellos asuntos que tenían que ver con juicios a militares, decretos retrasados… En un momento, Krauss le dijo que podíamos constituir una especie de mesa de trabajo para recabar más información y conversar sobre eventuales soluciones. Pinochet indicó que su interlocutor en eso sería Ballerino. En algún momento, el Vicepresidente le mencionó que debía estar también el ministro de Defensa. Ese fue otro momento difícil. Pinochet no quiso. No tenía una buena relación con Rojas, debido a que este nunca vaciló en su rol como autoridad de las Fuerzas Amadas. En el ánimo de que las cosas se pudieran resolver, Krauss le propuso que yo me reuniera con Ballerino, a quien conocía, así que le dije que lo esperaba en La Moneda a la mañana siguiente.
Cuando nos estábamos yendo, ocurrió un hecho singular, más divertido que dramático: Pinochet me pidió que me detuviera un segundo y me dijo: ‘Usted es zorro y yo también. Tengo la pura cara de h… no más, así es que no me emboline a Ballerino’. Ahí me di cuenta de que este último estaba perdiendo poder.
Ballerino llegó al otro día a La Moneda acompañado del mismo oficial que tomaba notas. En algún minuto hablamos de los 9 o 10 puntos que nos había planteado Pinochet, y le dije que de esos nosotros estábamos en condiciones de explorar 3 o 4, que el resto no correspondía siquiera que lo examináramos. Ballerino –que era un buen negociador– dijo que estaba de acuerdo, pero el señor que tomaba notas dijo que había que informarle al comandante en jefe y salió a hablar por teléfono. En ese momento, Ballerino me explicó que se trataba del coronel Lepe y me advirtió que no tenía el mismo concepto que él sobre las cosas. Ahí me di cuenta que este señor, implicado en el caso Soria, ‘tenía velas en ese entierro’. Fue el comienzo del fin de Ballerino y el inicio del agotamiento del rol más político de los militares. Era lo que el Presidente Aylwin buscaba, porque él temía que, con tantas conversaciones, ese rol se prolongara.


–¿De la lista de peticiones que hizo Pinochet, ¿a qué temas dieron ustedes más prioridad?
–No recuerdo bien todas esas peticiones, porque al final se las llevó el viento. Cuando yo le dije a Ballerino que nosotros podíamos ver solo 3 o 4 de ellas, él aceptó, y ahí fue cuando el coronel Lepe, que tomaba notas, salió a informar al comandante en jefe. Después de eso, Pinochet nos llamó y dijo que no estaba de acuerdo con lo que había hablado Ballerino conmigo, y que por tanto iba a tomar la decisión de sacar tanques a la calle. Sí, ¡tanques a la calle! Como nosotros nos movíamos sobre el supuesto correcto de que la única capacidad del Ejército era demostrativa, no sustantiva, le dijimos que hiciera lo que estimara conveniente y que nosotros íbamos a tomar las medidas que correspondiera. No salió ni un tanque a la calle. Esa tarde, pensando en esa amenaza de Pinochet que no se cumplió, dije: Efectivamente, esta es la última demostración que este señor va a poder hacernos”.


–Lo impresionante es que si bien todas las peticiones del “boinazo” se las llevo el viento, la única que se cumplió fue que su hijo no fue juzgado. El gobierno siguiente, de Frei Ruiz-Tagle, pidió al CDE sepultar el caso.
–Eso fue por otras consideraciones.


–¿No le parece un triste final para una democracia el no haber podido hacer valer la ley?
–Tú me comprenderás que yo no voy a hacer un juicio sobre un gobierno en el que no participé. Ya bastante tengo con opinar sobre nuestro periodo, en que pasaron muchas otras cosas. Solo voy a decir que el gobierno de Frei enfrentó directamente un desacato en la condena al general Contreras (ex jefe de la DINA). La presión para evitar su detención fue más fuerte y hubo más militares que se jugaron por eso. Pero Contreras terminó preso y así ese gobierno consolidó el predominio de la autoridad civil. No considero nada de triste lo que ocurrió.


Debo reconocer que, al principio, creí que solo se trataba de una presión sobre La Nación. Pero en el curso del día y al día siguiente algunos militares empezaron a llamar a distintas autoridades y líderes políticos, para advertir que había una situación muy delicada en el Ejército


–El hecho de que Pinochet haya movilizado al Ejército en defensa de su hijo, ¿qué juicio le hace tener de él?
–El movilizó a toda la institución para defender a su hijo, y con ello claramente se apartó de los principios institucionales.

–¿Calificaría de vergonzosa su conducta?
–No. Yo nunca uso adjetivos. Pero lo que él hizo no se hace. Luego de estos 30 años tan vilipendiados, hemos logrado construir como país, en que es imposible que un Presidente de la República o un comandante en jefe haga algo de este tipo. Vivimos en una sociedad donde eso no puede ocurrir. Y el general Pinochet construyó un Chile en que eso era posible. El hecho de que Pinochet permaneciera en la Comandancia en Jefe del Ejército, produjo muchos daños a la transición, pero si uno pudiera indicar uno, es que puso a toda la institución al servicio de los intereses de su familia, descaminándose, desviándose, de la tradición institucional del Ejército y del país.


–¿Fue el “boinazo” un acto pacífico, democrático?
–¡No, pues, cómo va a ser pacífico o democrático que los militares se disfracen y salgan a asustar a la gente, cuando están para protegerla!¡Cómo va a ser aceptable eso! ¡Es un abuso, algo impropio!


–Si el boinazo no fue un acto pacífico ni democrático, ¿se puede considerar que la transición fue pacífica y democrática?
–Sí, porque ese hecho no logró interrumpirla. Yo siento que los militares más agudos, los menos pasionales, se dieron cuenta después del “boinazo” que el país ya estaba caminando sin ellos y que ellos ya no tenían mucha posibilidad de influir en los acontecimientos.

Ensayo

Multimedia