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Santiago de Chile.   Lun 12-04-2021
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ESO/P. Horálek
Otras oportunidades de mirar el cielo
No sólo mayor conocimiento sobre el universo aporta la astronomía al país. El turismo especializado y los desafíos tecnológicos que traerán los astrodatos son parte de las oportunidades laterales que permite esta actividad.
Reportaje
Tsunami de datos desde el desierto Chile se ha convertido en uno de los centros productores de datos sobre astronomía que fluyen con el volumen de un tsunami. Numerosas oportunidades se abren para la astroingeniería.

Tsunami de datos desde el desierto

Chile se ha convertido en uno de los centros productores de datos sobre astronomía que fluyen con el volumen de un tsunami. Numerosas oportunidades se abren para la astroingeniería.

Astrónomos chilenos logran una imagen más detallada del gas en galaxias colisionando. Investigadores del Instituto de Astrofísica de la UC y del Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines (CATA), utilizaron el observatorio ALMA para lograr esta hazaña de la astronomía mundial.






Nicolás Luco R.


Si la cantidad de galaxias en el universo, descubiertas y no descubiertas, suman 2 billones (españoles), si en Nueva York extendido viven 20 millones de personas, sumando los cabellos de todos los neoyorquinos encontramos el número de galaxias en el universo, (si la cabeza de cada neoyorquino o neoyorquina promedia los 100 mil pelos).


Los datos son de Wikipedia: tomados para mostrar la inmensidad de los datos astronómicos.


Desde Chile brotan estos tsunamis de datos que deben repartirse por el mundo. El volumen ya es inmenso, pero se están instalando más y mayores telescopios que nos harán el “río Baker” de los datos mundiales.


La ciencia y la tecnología avanzan para capturar, analizar, distribuir y
almacenar esta catarata abrumadora. Se consolida una nueva disciplina: el manejo de los datos. Y los expertos en datos aprovecharán su saber en otras áreas.


Hoy, las imágenes astronómicas configuran información digital: bits manipulables, a distribuir y almacenar en múltiples formatos.
Los datos son a veces tan pesados que se atascan en las redes normales y deben transportarse físicamente, por ejemplo, en discos duros desde Paranal hasta las oficinas del European Southern Observatory en Garching, Alemania.


Avanza la tecnología y los archivos pesados requieren menos espacio físico. La astronomía se aleja del ocular o la pantalla del telescopio. Los datos son ahora la materia prima a estrujar, el Big Data.


Un tsunami que domar


El Big Data juega un rol fundamental en la astronomía, dice el Dr. Mario Hamuy, premio nacional de Ciencias Exactas 2015, presidente de la Fundación Chilena de Astronomía y jefe de la misión AURA en Chile.


La presencia del telescopio Vera Rubin en Chile es una gran oportunidad para que científicos e ingenieros chilenos se involucren en el desafío de la Big DataMario HamuyPremio Nacional de Ciencias Exactas 2015


“En Chile este campo es especialmente importante, considerando que nuestro país es un polo de la astronomía mundial”
“La realidad actual demanda expertos y especialistas en informática para el análisis de los grandes volúmenes de datos.” Esto no es una tarea automática: hay que saber hacer las preguntas necesarias para encontrar las respuestas escondidas en la data. “Ahí están las grandes respuestas a los enigmas del universo y su origen”, dice.


El Dr. Hamuy ejemplifica con el telescopio Vera Rubin de AURA. Alimentará la cámara digital más grande del mundo: 3.200 millones de pixeles. Está en construcción desde 2014; cuando se inaugure, posiblemente en 2023, tardará 3 días en recorrer el cielo austral completo capturando imágenes de gran definición.


El telescopio repetirá el ciclo al cuarto día y continuará así por una década. Su cámara filmará una película del universo. El sistema llegará a mostrar cualquier cambio de brillo o posición en la cúpula celeste. “Será un ‘reality show’ del universo que nos abrirá una ventana nueva a lo desconocido”, dice el Dr. Hamuy.


Cada 15 segundos el telescopio producirá una imagen que se deberá analizar en tiempo real. Esto exige aplicar inteligencia artificial, desarrollar capacidades de transporte, almacenamiento, análisis y clasificación de datos.



Los especialistas chilenos


Ese “colosal desafío”, informa Mario Hamuy, lo asumirá el “bróker” astronómico ALeRCE (https://bit.ly/2I0hkVP), un equipo que hará de puente entre los datos y los astrónomos. Cada noche AleRCE procesará más de 20 millones de megabytes de información. Se espera que detecte más de 10 millones de objetos nuevos.


Mario Hamuy explica que el nuevo telescopio podría detectar hasta 10 millones de objetos nuevos.




Con inteligencia artificial clasificarán en forma provisoria esos objetos. Los astrónomos podrán decidir así cuáles son interesantes para seguirlos con otros telescopios.


“Lo más interesante serán los tipos de objetos sobre los cuales no sabemos nada, los desconocidos desconocidos”, dice el Dr. Hamuy.


Si los estudiantes de medicina carecieran de hospitales donde practicar, ¿cómo podrían cuidar de sus enfermos? Los chilenos interesados en desarrollarse en Big Data contarán en el país con un inmenso material que genera la astronomía. Sabrán desarrollar los algoritmos para la clasificación y el análisis del Big Data astronómico. Con este conocimiento podrán dar el salto a otras empresas, otros campos de investigación.


“En Europa y Estados Unidos, las empresas se dieron cuenta de que hay una gran riqueza en los datos mismos para generar utilidades, por ejemplo, optimizando un determinado producto o servicio”, dice el Dr. Hamuy.


“Si se desarrolla una industria de Data Science en Chile, aparecerán nuevas capacidades digitales que concitarán el interés de muchas empresas. Ellas podrán comenzar a aplicar modelos predictivos, desde el retail a la minería.”


“La presencia del telescopio Vera Rubin en Chile es una gran oportunidad para que científicos e ingenieros chilenos se involucren en el desafío de la Big Data”, concluye.


Como presidente de la Fundación chilena de astronomía, el Dr. Mario Hamuy, busca aportar al desarrollo de Chile desde la promoción de las ciencias, la tecnología y la creatividad.


“No haremos investigación en Big Data, nuestra misión es la divulgación y la educación científica”, aclara. Pero, “estamos muy interesados en el tema; sabemos que el desafío de la Big Data convoca a los jóvenes y desde allí podremos atraer talentos a las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática”.


Astroingenería


Aunque los desafíos y oportunidades que trae la Big Data son múltiples, no es el único campo que está en desarrollo, de la mano de la astronomía. Los ejemplos son variados pero, entre ellos, destaca la astroingeniería.


Rolando Dünner es el subdirector del Centro de Astroingeniería de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Afirma que vivimos una época en que las más importantes preguntas de la humanidad podrán finalmente ser respondidas.


Rolando Dunner, subdirector del Centro de Astroingeniería de la PUC, trabaja en unir a la astronomía con la ingeniería para desarrollar instrumentos que ayuden a estudiar el universo y generen tecnologías extrapolables a otros campos. El WiFi nació así.




Dünner define la astroingeniería como “un campo interdisciplinario, la unión de la astronomía con la ingeniería para desarrollar instrumentos que ayuden a estudiar el universo exterior”, dice. Explica que la astronomía, como toda ciencia que requiere experimentar, necesita tecnología diseñada específicamente. Entre ellas se encuentran tecnologías como la óptica, la mecánica, la criogenia, el electromagnetismo, la electrónica, el análisis de señales, el procesamiento digital, las simulaciones, el manejo de Big Data…
El astrónomo explica que los observatorios instalados en Chile imponen desafíos.


Él se desempeña en el área de las ondas milimétricas, en colaboración principalmente con los observatorios instalados en Chajantor, para medir la radiación del fondo cósmico de microondas, una imagen provocada cuando el Big Bang acababa de suceder. Calibran los telescopios, deben alinearlos, modelar efectos sistemáticos, desarrollar software de reducción y procesamiento de grandes volúmenes de datos.


Sus colegas: el profesor Leonardo Vanzi genera instrumentos (espectrógrafos) que se instalan en los telescopios, incluido el de un metro de La Silla. Y también programa un software de control de las fibras ópticas del espectrógrafo multi-objeto MOONS. El profesor Andrés Guesalaga mejora técnicas de medición para dotar de mayor calidad de la imagen a telescopios como el VLT de Paranal. Y el profesor Nelson Padilla genera simulaciones astrofísicas y analiza grandes cantidades de datos de telescopios diversos.


En el Centro de astroingeniería, una tarea fundamental ha sido la capacitación de personas. Los estudiantes y los técnicos forman la base de cualquier desarrollo, “Prestan servicios: necesitamos ofrecer una base sustentable, personal calificado que haga posible los avances” , dice el Dr. Dünner.


Y también, agrega, es indispensable estar conectados con lo que otros desarrollan en Chile y el mundo. Así podrán formular proyectos atractivos que consigan financiamiento.


Ellos suelen pertenecer a la cima del conocimiento tecnológico actual. Rolando Dünner piensa que muchos y muchas emigrarán a otras áreas. Pueden ser un tremendo aporte en la industria tecnológica, con sus
conocimientos que generan valor. "Recuerda que la tecnología WiFi nació porque en un observatorio se necesita comunicar muchos instrumentos en sitios cerrados". Concluye: “Esa es justamente una de las razones por qué la investigación científica es tan importante y, a la larga, una actividad económicamente positiva: la exploración de lo desconocido hace posible encontrar soluciones realmente creativas e innovadoras a los problemas cotidianos”.


A más Big Data, mejores soluciones para la vida.
Entrevista
¿Y si Paranal y Alma hacen más astroturismo? El director de Consultora Verde reflexiona sobre la posibilidades y perspectivas del astroturismo en nuestro país, donde el campo de crecimiento es tan exponencial como el de los astrodatos.

Un relato exitoso para el astroturismo

El director de Consultora Verde reflexiona sobre la posibilidades y perspectivas del astroturismo en nuestro país, donde el campo de crecimiento es tan exponencial como el de los astrodatos.

El observatorio Mamalluca es una de las atracciones del astroturismo emblemáticas de la Región de Coquimbo.





Por Pilar Pezoa Navarro


Pablo Álvarez, ingeniero civil de la Universidad Católica, director de la consultora Verde, tiene una doble virtud. Por una parte, ha trabajado aplicando el diseño de experiencias astroturísticas en todo el país y mantiene una relación con las dos regiones de mayor concentración en astroturismo, que es la zona del Valle del Elqui y San Pedro de Atacama. Por otra, cuenta con experiencia en políticas públicas con una mirada más estratégica y global que logró después de terminar en 2016 la elaboración de la Estrategia Nacional de Astroturismo 2016 -2025.

-¿Cómo defines el ámbito del astroturismo?
-Propusimos considerar el astroturismo como cualquier actividad turística que incorpore elementos relacionados con la observación del cielo o la astronomía. No hay que perder de vista que son actividades turísticas; entonces deben ser entretenidas y atractivas. Posiblemente una charla exclusivamente científica, que no ocurra en un contexto turístico que incluya recibir a una persona en un lugar atractivo, dar la bienvenida, ofrecer algo para comer, contar una historias, no estará incluida en esta definición. No perdería de vista que el astroturismo es un encuentro entre turismo y astronomía. Donde están presentes elementos como el descanso y la diversión -que son inherentes a lo turístico-, con contenidos que tienen que ver con astronomía y la ciencia. Acá caben desde los toures astroturísticos más chiquititos que tiene un telescopio casero para mirar al cielo, hasta el Planetario de Santiago. En el caso del Planetario, la propuesta está estructurada de manera tal que todo el montaje y la oferta de experiencia es una observación del cielo, aunque ese cielo esté recreado por un proyector. Incluso incorporamos el Museo del Meteorito que existe en San Pedro de Atacama, porque está relacionado con la observación y estudio del cielo.


-¿Cuál es tu evaluación de cómo se ha desarrollado el astroturismo en nuestro país?
-Esto no es tan reciente como se cree. Las experiencias más antiguas partieron hace bastante tiempo. En San Pedro está el Space Observatory que tiene 20 años. El oferente más importante de la región de Coquimbo es el observatorio Mamalluca, que pertenece a la Municipalidad de Vicuña. Fue creado con ayuda del observatorio Tololo. Es de 1995. Tiene 25 años. En particular en los últimos 5 años ha habido un crecimiento bien explosivo de esta actividad. Hicimos hace poco un estudio de oferta para la región de Antofagasta, y sólo ahí, en esa zona, encontramos a 43 oferentes de astroturismo.


Manejar las expectativas


-¿Cuál es nuestro imaginario cuando hablamos de los cielos? ¿Qué percepción tenemos los chilenos al respecto?
-Hicimos un estudio –hace 4 años- para la Fundación Imagen de Chile sobre la percepción de los cielos y astronomía a nivel de públicos masivos en el país. En todos los estratos de la población, la observación del cielo está revestida y asociada de atributos positivos: es importante ver las estrellas porque se puede reflexionar sobre qué es el ser humano, cuál es el sentido de la vida, hablar de los cielos conecta a la mayoría de las personas con lo mejor de ellos mismos. Los públicos tienen una disposición espontáneamente positiva hacia la astronomía y la observación de los cielos. Ese es un tremendo capital para el astroturismo y su desarrollo.


Esto no es tan reciente como se cree. Las experiencias más antiguas partieron hace bastante tiempo. En San Pedro está el Space Observatory que tiene 20 años. El oferente más importante de la región de Coquimbo es el observatorio Mamalluca que pertenece a la Municipalidad de Vicuña


-¿Cómo se manejan las expectativas de los turistas frente a alguna experiencia de astroturismo?
-Hay que saber manejar las expectativas con respecto a las imágenes que verás durante una experiencia astro turística. De partida, hay que aclarar que no es cine. Cuando miras por primera vez un telescopio tienes en el imaginario las escenas del cine o películas como Gravity donde viste una galaxia. O hay una aproximación en cámara lenta a un planeta como Saturno que se ve grande y luminoso. Pero en el telescopio aparece algo enano, que parpadea y de hecho cuesta ver. Entonces aparece la pregunta: ¿será que estoy viendo mal o esto es todo? Una experiencia de astroturismo debe jugar con las emociones, sorprenderte. El cielo está lleno de hechos que pueden ser muy sorprendentes. Cuando lo miras estás mirando el pasado, no el presente. Muchas estrellas que ves ahora ya no existen. Reconocer que el origen del material del que tú estás hecho no es terrestre, y que somos polvo de estrellas, es alucinante. Para qué hablar de las escalas del universo, cuál es la distancia de las cosas, sentir que eres ínfimo, insignificante. El astroturismo no es un curso de astronomía, no es una cátedra. Es una narrativa con un sentido, no es dar información por dar información. Dicho eso, hay pocas carteras de contenidos tan interesantes y entretenidos como es la ciencia.


El guión y el guía


-¿Cuáles son los elementos que hablan de un astroturismo exitoso?
-Lo resumiría en dos factores fundamentales y claves: guión y guía. El guión te dice cómo va a suceder la historia: qué cosas van a pasar, cuánto va a durar, qué te van a mostrar. Por ejemplo, hablar del nacimiento y muerte de las estrellas. En el cielo mostraré, primero, algunos objetos que están relacionados con el nacimiento de las estrellas y lugares para explicar cómo se produce la formación de una estrella. Después veremos cómo viven las estrellas, y vamos a terminar las observaciones viendo cómo mueren. Si el guión está bien construido, la experiencia puede ser muy entretenida e impactará positivamente. El segundo punto es el guía. Debe ser una persona con muchas cualidades para comunicar, entretenido y que también tenga cierto dominio científico necesario, pero es mucho más importante sus capacidades comunicativas. He tenido guías excepcionales. En el Griffith Observatory en California vi a un estudiante de doctorado de ingeniería aeroespacial. Era un tipo súper estudioso, muy histriónico, gritaba, movía las manos, mostraba cosas. Fue capaz de poner en fácil conceptos que eran complicados. Un buen guía debe ser empático, sensible; es más fácil que esa persona aprenda lo que sea necesario de astronomía, a que aprenda el don de comunicar. Cuando ya tienes el guión y guía resueltos, pasas a la puesta en escena: cuál es el lugar, no puedes sentir frío, es ideal si luego de la observación de los cielos entras a un salón donde el guía muestre algunas cosas con el apoyo de un proyector.


-¿Cuáles son los mejores centros de astroturismo que recomiendas y cuéntame una mala experiencia?
-Recomiendo el Griffith Observatory que está en Los Ángeles, EEUU. Queda en un cerro que está casi en la mitad de la ciudad y cuando entras a un lado está el hall of the sky, y al otro está el hall of the eye (salón del cielo y salón de los ojos). En uno ves todo lo que existe en el cielo y, en el otro, ves todo lo que ha hecho el ser humano para observar los cielos. Cuando se pone el sol, las personas llegan a las terrazas para ver los cielos con telescopios portátiles. Es una experiencia muy completa. Claro que sus gastos operativos son de unos 5 millones de dólares anuales. No creo que exista un museo en Chile con ese financiamiento. Otro buen ejemplo de astroturismo es lo que se hace en Hawaii. Partes temprano en la mañana y llegas después de la puesta de sol. Consiste en un tour para ir a la cumbre del Mauna Kea, que es el cerro que está a más de 4.000 metros del océano Pacífico, en la isla grande. Recorres paisajes maravillosos, cuentas con buenos guías, y cuando se pone el sol el grupo se detiene en la ladera del cerro, te pasan unos overoles súper térmicos, te ofrecen un rico café y estás listo para ver el cielo. Respecto de las experiencias aburridas, diría que la mayoría de ellas pecan de lo mismo: es alguien que piensa que basta con poner un telescopio, apuntarlo hacia arriba y mirar las estrellas.


ALMA y Paranal


-¿Ves un potencial en conectar astroturismo y arqueoastronomía?
-La relación que tenían las culturas más antiguas con el cielo se parece más a la que podemos tener nosotros observando ese mismo cielo. Con esa mirada los pueblos se daban cuenta del paso de las estaciones, podían orientarse en las tareas de siembra y cosecha, la llegada del solsticio. Entonces, hay una cercanía que se puede aprovechar. Pero hay otra cosa que tiene potencial enorme y no se utiliza. Son los grandes observatorios científicos como ALMA y Paranal. Lamentablemente estos observatorios están abiertos sólo un día a la semana al público general, y me parece injustificado que esas maravillas que tenemos en Chile abran sólo un día a la semana. No importa si la visita a esos observatorios es básica o no, porque la experiencia en sí misma es alucinante. Debemos recordar que ALMA es el observatorio de radioastronomía más grande que hay en la Tierra. No hay otro lugar de esa naturaleza en todo el planeta; y Paranal es hasta ahora el observatorio óptico más poderoso del planeta.

Otro buen ejemplo de astroturismo es lo que se hace en Hawaii. Partes temprano en la mañana y llegas después de la puesta de sol. Consiste en un tour para ir a la cumbre del Mauna Kea que es el cerro que está a más de 4.000 metros del océano Pacífico



-¿Qué pasa con las distintas escalas del astroturismo: grandes instalaciones, pero también pequeños emprendimientos?
-Insisto en la importancia de los observatorios científicos en el desarrollo de una buena oferta de astroturismo. ALMA, Paranal y varios otros proyectos astronómicos grandes tienen tal visibilidad mundial que, si ellos tuvieran una muy buena oferta turística, alcanzas un ambiente muy propicio para desarrollar iniciativas a otra escala. Es imposible pensar en un mejor impulso para los empresarios más chicos que contar con eso. Para marketear el astroturismo chileno no hay nada más efectivo que la presencia en Chile de los grandes proyectos de observación científica. Porque si quiero llamar la atención sobre esto, puedo decirle a cualquier personas persona: anda a Chile, tiene los mejores cielos del planeta. Y te van a creer porque están los observatorios más importantes. Como elemento de marketing, es imbatible.
Ensayo
El anónimo trabajo de mantención de instrumentos A medida que los instrumentos que comenzaron a llegar a Chile aumentaban su precisión, las tareas de calibrarlos, estabilizarlos y protegerlos se hizo más sensible. Relojeros, ópticos y mecánicos jugaron un rol vital.

El anónimo trabajo de mantención de instrumentos

A medida que los instrumentos que comenzaron a llegar a Chile aumentaban su precisión, las tareas de calibrarlos, estabilizarlos y protegerlos se hizo más sensible. Relojeros, ópticos y mecánicos jugaron un rol vital.

En la construcción del observatorio de Lo Espejo, cada cúpula, cada disposición de los lentes, cada calle, edificio, laboratorios y talleres fueron diseñados por el arquitecto Hermógenes del Canto, quien no se pudo hacer cargo finalmente de la construcción que finalizó su ayudante, Carlos Cruzat.



Carlos Sanhueza Cerda


La observación científica de los cielos, al ser dependiente del tipo de instrumentos, se ve obligada a adaptar sus edificios y estructuras a la instalación correcta de sus telescopios. Por ejemplo, el cambio en el siglo XVII de los instrumentos usados para la observación precisa de la posición de las estrellas (llamados instrumentos de tránsito), se volvieron más pequeños e inestables y eso modificó para siempre la arquitectura del observatorio.


Los nuevos telescopios comenzaron a fijarse en pilares de ladrillo o granito que se hundían en los fundamentos de los observatorios. Buscaban evitar las vibraciones mediante el uso de muelles para no alterar la observación. A causa de esto, ya no fue posible instalar los telescopios en los techos de las universidades o en las torres de las iglesias, como era habitual hasta entonces, por lo cual se comenzó a buscar lugares lejanos al entorno urbano y de una altura considerable. A su vez, se necesitó construir cúpulas móviles que dieran protección y visibilidad a los telescopios.


Quinta Normal


A medida que el telescopio lograba un mayor nivel de precisión, la estabilidad de los instrumentos pasó a ser la condición de las prácticas de observación astronómica.


La primera observación astronómica científica en Chile, liderada por la expedición norteamericana de James M. Gilliss en 1855, decidió instalar sus equipos en el Cerro Santa Lucía. Para ello, debieron adaptarse a la cercanía del sitio con la cordillera de Los Andes (que podía afectar la visión al telescopio), así como trabajar en el complejo acceso a un terreno elevado y resolver la nivelación del suelo cerca de la cumbre donde se ubicaría el observatorio.


Unos años más tarde, tras haberse fundado el Observatorio Astronómico Nacional de Chile con los instrumentos comprados a esta expedición norteamericana, se hacía insostenible continuar observando desde el peñón capitalino. En 1857 Carl Moesta, flamante director del Observatorio celebraba “una nueva era (…) por la disposición suprema de erigir en la Quinta Normal un edificio sólido y adecuado para un Observatorio Astronómico”. Los problemas que debieron enfrentar Gilliss y Moesta, en especial las oscilaciones térmicas diarias que descalibraban los instrumentos desaparecerían en un lugar protegido.


Durante cuarenta años Luis Grosh no solo arregló los instrumentos, también ayudó en su calibración y la adaptación a la observación desde el hemisferio sur, en una época en la que los telescopios se fabricaban para observar desde el norte del mundo


Un poco más de cincuenta años más tarde, en 1909, ya no se podía practicar la astronomía desde un barrio que, con el tiempo, había aumentado el tráfico por la cercanía de la Estación Central de Trenes, las luminarias de la ciudad y los animales del Jardín Zoológico, vecinos al complejo astronómico.


Su nuevo director, Friedrich Ristenpart, decidió construir en Lo Espejo un edificio diseñado exclusivamente para un observatorio en las lejanías del sur de Santiago. Las condiciones de contaminación lumínica y el polvo en suspensión de los carruajes se verían neutralizadas en este nuevo lugar que, a decir del director, poseía “altiplanicie con alrededores enteramente despejados”, al no existir edificios ni movimiento de personas.


Una capital sin artistas


Como la historia cambia de forma muy rápida, ya para mediados del siglo XX el otrora lugar idílico del sur de Santiago poco a poco se fue transformando en una pesadilla para la astronomía.


La Escuela de Aviación fundada en 1913, que tímidamente hizo de vecina al Observatorio, incrementó el número de aviones afectando con sus vuelos el funcionamiento de los instrumentos. Además, el viejo camino rural a San Bernardo se había convertido en una importante vía de comunicación que generaba movimiento y polución.


Fue entonces cuando, a fines de los años cincuenta del siglo XX, el director de la época, Federico Rutllant, no encontró nada mejor que trasladar el Observatorio Astronómico Nacional al sector oriente de la ciudad. Se trataba de un cerro situado en el sector Los Domínicos, el Cerro Calán, donde actualmente se emplaza el Observatorio. Su cima, que sobrepasa los 860 metros, y la escasa presencia de edificios y casas auguraba muchos años de observación nítida de los cielos australes. Nunca se pensó que, una vez más, la ciudad se iba a engullir los lentes de unos instrumentos deseosos de su soledad y aislamiento.


En 1857 Carl Moesta, flamante director del Observatorio celebraba “una nueva era (…) por la disposición suprema de erigir en la Quinta Normal un edificio sólido y adecuado para un Observatorio Astronómico”. Al tener instalaciones de mejor calidad desaparecían los problemas que generaban las oscilaciones térmicas diarias, que descalibraban los instrumentos (Crédito: OAN).




La historia conocida ha girado, con justa razón, sobre los astrónomos (en parte porque ellos mismos la han escrito) pero casi nada acerca de aquellos que instalan, mantienen, calibran y reparan el corazón de un observatorio. ¿Cómo podría obtenerse datos, fotografías, mediciones sin ellos?


En 1857 el primer pedido de compra del recién fundado Observatorio Astronómico Nacional a la fábrica alemana Repsold y Hermanos, un instrumento universal provisto de microscopios micrométricos, llegó inutilizable tras un largo viaje.


Su director, Carl Moesta, se quejaba entonces “por el particular esmero con que ha sido construido este instrumento hubiera sido utilísimo a este Observatorio”, pero lamentablemente, a decir del astrónomo ,“no habiendo al presente en la capital un artista a quien encomendar estas composturas se ha remitido con este objeto al referido instrumento a los mismos artistas en Hamburgo”.


Luis Grosch, mecánico


Había que encontrar a alguien que asumiera estas tareas. ¿Pero cómo hacerlo en un país donde la ingeniería estaba en sus inicios? Luis Grosch, relojero y óptico alemán avecindado en Chile, se hizo cargo. Un decreto de 1853 lo nombró “mecánico encargado del buen arreglo y compostura de todos los instrumentos del Observatorio Astronómico y de todas las máquinas y aparatos físicos del Instituto Nacional”.


Durante cuarenta años este mecánico no solo arregló los instrumentos, también ayudó en su calibración y la adaptación a la observación desde el hemisferio sur, en una época en la que los telescopios se fabricaban para observar desde el norte del mundo. En ocasiones hasta se enemistó con los propios astrónomos, llegando a enfrentar un juicio en donde el segundo astrónomo del Observatorio, Wilhelm Wickmann, desacreditó su experticia, explicando que le “era del todo indiferente lo que ese hombre dijese o examinase, que no era costumbre en otros países preguntar cuestiones astronómicas a un zapatero, sastre o mecánico, que lo mismo me importaba lo que dijera el portero”.


Durante cuarenta años Luis Grosh no solo arregló los instrumentos, también ayudó en su calibración y la adaptación a la observación desde el hemisferio sur, en una época en la que los telescopios se fabricaban para observar desde el norte del mundo


La distancia de Chile de los centros de producción de instrumentos de precisión obligó al Observatorio Astronómico a encargarle la construcción de instrumentos a Grosch, quien fabricó para el país artefactos meteorológicos para la medición de vientos y barómetros, además de recalibrar otros como un heliostato, al cual le cambió la dirección del movimiento del espejo, adaptándolo a nuestra visión austral.


Wüst, Klein y Cortínez


A inicios del siglo XX otro alemán llegó a ser una pieza fundamental del Observatorio Astronómico: Richard Wüst. Este óptico, con experiencia en los talleres alemanes de la fábrica óptica Zeiss, fue contratado por el Estado chileno en 1909 en medio del impulso que el presidente Pedro Montt le había dado a la astronomía en Chile.


En poco tiempo, Wüst reparó el antiguo refractor Repsold ya casi perdido para los astrónomos chilenos, el reloj sideral Kessel; sugirió reformular compras, como un nuevo micrómetro para el disco grabador del Refractor Gautier, dado que él podía adaptarlo; diseñó la cúpula del pabellón astrofotográfico en el nuevo observatorio de Lo Espejo y reparó su anteojo, así como calibró el Círculo Meridiano de Repsold comprado en Alemania en 1913 y el Ecuatorial Heyde.


A inicios del siglo XX otro alemán llegó a ser una pieza fundamental del Observatorio Astronómico: Richard Wüst. Este óptico, con experiencia en los talleres alemanes de la fábrica óptica Zeiss, fue contratado por el Estado chileno en 1909 en medio del impulso que el presidente Pedro Montt le había dado a la astronomía en Chile.



No se sacaba nada con tener el mejor mecánico si los telescopios estaban expuestos a cambios de temperatura, humedad y contaminación. Claramente los arquitectos y constructores como Eloi Cortínez o Carlos Klein, que pusieron su empeño en lograr que los instrumentos estuvieran resguardados durante el siglo XIX, fueron muy relevantes.


La historia de la astronomía en Chile nunca los ha mencionado. Y, sin embargo, desde el primer traslado del Observatorio Astronómico Nacional a la Quinta Normal (que se completó en 1862) los contratistas particulares y la Escuela de Artes y Oficios fueron imprescindibles.


Ellos hicieron posible la construcción de las cúpulas que, al mismo tiempo, protegieran los telescopios y fuesen lo suficientemente móviles para el tipo de instrumento.


Del Canto y Cruzat


En 1866 el director de entonces, José Ignacio Vergara, informaba que se tuvo que rehacer gran parte del entablado del piso del edificio que se adaptó al Observatorio en la Quinta Normal, así como se taparon las roturas del techo del edificio.


El director se quejaba ante el gobierno, dado que el trabajo resultaba insuficiente mientras no se cambiara totalmente el material del techo, ya que el zinc se rompía constantemente, y era imposible evitar las filtraciones de lluvia en el invierno.


Casi treinta años más tarde, se estaba en la situación de construir todo un complejo arquitectónico para la observación astronómica en el ya mencionado sector sur de Lo Espejo. Ahora los instrumentos estaban en edificios que no afectarían el horizonte de visibilidad de los telescopios. Cada cúpula, cada disposición de los lentes, cada calle, edificio, laboratorios y talleres fueron diseñados por el arquitecto Hermógenes del Canto, quien no se pudo hacer cargo finalmente de la construcción que finalizó su ayudante, Carlos Cruzat.


Hasta ahora la historia de la astronomía en Chile ha puesto la mira en el escenario donde los protagonistas se desvelan noche tras noche por retratar el cosmos. Es tiempo de que comencemos a ver lo que ocurrió detrás de sus cortinas.
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