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Santiago de Chile.   Mar 27-07-2021
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Misión Aylwin: Crear confianzas
Cómo fue la estrategia que permitió al gobierno de Aylwin acercarse al distante mundo empresarial y de paso aprobar dos sensibles reformas: laboral e impuestos. Léalo este nuevo capítulo a partir del 24 de noviembre.
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Sello Boeninger: Un plan claro para ganarse a los empresarios Edgardo Boeninger fue el asesor estratégico del Presidente Patricio Aylwin, a quien nutría de frecuentes minutas de análisis político. A continuación un texto inédito: Su diagnóstico sobre la relación con los empresarios.

Sello Boeninger: Un plan claro para ganarse a los empresarios

“El eje político de mi gobierno, las líneas gruesas, esuvieron cimentadas en la dupla Aylwin-Boeninger” declaró Patricio Aylwin a Qué Pasa en septiembre de 2009. Excelentes pruebas del rigor y capacidad analítica de Edgardo Boeninger y su equipo en el ministerio de la Presidencia son las minutas que entregaba directamente a Aylwin, con diagnósticos, objetivos y acciones específicas sobre temas relevantes. Actualmente reunidas en el archivo histórico de la Universidad Alberto Hurtado, reproducimos parte de sus propuestas para enfrentar la desconfianza empresarial.

Una relación de complicidad se tejió por años entre Aylwin y Boeninger: Se conocieron cuando este último era rector de la U. de Chile en el período 1969-1973.

Dentro de la perspectiva de un posicionamiento del gobierno en torno a la idea del desarrollo como meta nacional, la política hacia los sectores empresariales adquiere una alta prioridad e importancia.


Diagnóstico


Como regla general, la actitud prevaleciente en los sectores empresariales es de desconfianza (subrayado en el original).


En cierto sentido, ha existido un progreso. Hasta el 11 de marzo, pese a las señales enviadas durante la campaña, persistía el temor ante las posibles características de la gestión gubernamental.


No obstante, siguen sintiendo al Gobierno como (...) ajeno. No es el gobierno por el que ellos votaron. (...) Tampoco se sienten integrados ni hay una integración efectiva a la gestión del gobierno.


La desconfianza trae consigo algunas disposiciones de ánimo complementarias.


Los empresarios vigilan y siguen atentamente la acción del Gobierno, en una disposición fundamentalmente defensiva. Por ello, hay una tendencia a interpretar señales gubernamentales en términos de intenciones encubiertas hostiles (...).


Por otra parte, los empresarios no están en una disposición de cooperación con el Gobierno. Observan su actuar y sólo toman iniciativas para conseguir beneficios corporativos (...) o para reclamar por aspectos de la política gubernamental.


Esta actitud de no cooperación y mera reivindicación se ha visto reforzada por la ausencia de una política nuestra que genere un clima ideológico que los haga sentirse integrados y que los lleve a una disposición de cooperación activa (...).


La falta de iniciativa gubernamental también se traduce en que la relación con las autoridades pertinentes frecuentemente adopta la forma de una relación inquisitorial. Las autoridades asisten a reuniones o eventos empresariales para que les tomen examen (...). Lo que nuestras autoridades no consiguen, en razón del clima reinante, es motivarlos y entusiasmarlos, haciéndolos sentirse parte de una empresa liderada por el gobierno.


Si estas condiciones persisten, se corren los siguientes riesgos:


1. Enfrentar permanentemente un mundo de agentes económicos hostiles, inclinados a interpretar las seriales de la política gubernamental como negativas para ellos (...).


2. También existe el peligro, dadas ciertas circunstancias, que se recomponga una alianza de partidos de derecha, Fuerzas Armadas y empresarios, desestabilizante para la consolidación de la democracia (...).


3. Para una política centrada en la meta nacional del desarrollo, donde el peso del crecimiento descansa en el sector privado (empresarios, trabajadores), la integración del empresariado a la gestión gubernamental es un requisito de su éxito. Sin la cooperación activa de los empresarios, esa política es imposible.


"Los empresarios vigilan y siguen atentamente la acción del Gobierno, en una disposición fundamentalmente defensiva. Por ello, hay una tendencia a interpretar señales gubernamentales en términos de intenciones encubiertas hostiles", fue parte del diagnóstico de Boeninger. En la foto, el equipo de gobierno: A la izquierda, el subsecretario de Hacienda Jorge Rodríguez Grossi, Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger, Ricardo Lagos y sentado se aprecia a Enrique Correa.



Objetivos de una estrategia hacia sectores empresariales


La estrategia que se desarrollará respecto de los empresarios considera dos objetivos: un objetivo global, que se alcanzará en el mediano plazo, y un objetivo intermedio más inmediato.


1. Objetivo global


(...) Integrar al sector empresarial en una gestión gubernamental centrada en la meta nacional de desarrollo.

Ello implica convertirlos en actores protagónicos, que COMPARTEN conjuntamente con el Gobierno y los restantes sectores sociales el MARCO GENERAL POLITICO de la estrategia gubernamental orientada por esa meta nacional (...).


Los empresarios deben cooperar activamente con el Gobierno en el contexto de un clima ideológico general que les haga sentir como propia una gestión gubernamental orientada por la meta de desarrollo y los tres ejes que la complementan: equidad, reconciliación y democracia.


El objetivo no es comprar a los empresarios, ni mantenerlos tranquilos. Hay que lograr su adhesión a la gestión de gobierno, de modo de motivarlos en términos de desplegar esfuerzos de inversión, de espíritu de empresa e innovación y de ascetismo, y que reconozcan en el gobierno una CONDUCCION del proceso económico donde la meta de crecimiento es de responsabilidad del sector privado.


2. Objetivo Intermedio


(...) Hay que tomar medidas que vayan haciendo desaparecer progresivamente la actitud de desconfianza, recelo y distancia (...).


Estas medidas deben significar la creación de alianzas concretas con diversos sectores y grupos (...).


La persecución de este objetivo intermedio debe ajustarse a (...):


2.1. Hay que romper el ritmo actual. El Gobierno tiene que desplegar un gran dinamismo AHORA, y lanzarse a la piscina de inmediato.

Si las condiciones imperantes no comienzan a modificar pronto, la imagen de un Gobierno ajeno y aún hostil al sector empresarial se consolidará.


2.2. Todas las medidas deben orientarse a constituir un liderazgo gubernamental. Hay que ir logrando que se perciba al Gobierno como ejerciendo una CONDUCCION global que es beneficiosa para los empresarios y el país, y que sólo el Gobierno puede dar.


2.3. El Gobierno tiene que aparecer siempre tomando la iniciativa y para ello es esencial que la CONVOCATORIA sea gubernamental.

No es el Gobierno el que coopera con los empresarios. El Gobierno los convoca a cooperar en un esfuerzo nacional de desarrollo que el Gobierno conduce.

El gobierno convoca en el marco de su VISION DE PAIS: un país orientado hacia un presente y un futuro de desarrollo, que descansa en su capacidad de crecer en el sector privado y le exige a éste proporcionar ese crecimientoMinuta Edgardo BoeningerMinisterio Segpres


2.4. En la construcción de alianzas concretas, la relación con los empresarios tiene que darse en el plano del MARCO POLITICO DE LA POLITICA GUBERNAMENTAL DE DESARROLLO, relegando a un lugar secundario las dimensiones técnicas.

Las relaciones no son entre empresarios y autoridades tecnocráticas, donde se pide a estas últimas que rindan examen sobre tasas de interés, bandas de precio, etc. Hay lugares y oportunidades suficientes para encuentros de ese tipo, por lo demás imprescindibles.


El gobierno convoca en el marco de su VISION DE PAIS: un país orientado hacia un presente y un futuro de desarrollo, que descansa en su capacidad de crecer en el sector privado y le exige a éste proporcionar ese crecimiento.


Pasos operativos sugeridos


Ciertas medidas son obvias, y el Gobierno puede llevarlas a cabo unilateralmente, sin participación empresarial:


1. Posicionar el discurso (lenguaje) presidencial y gubernamental en los términos ya indicados.


2. Homogeneizar las acciones y gestos simbólicos del conjunto del equipo ministerial en el mismo sentido (...).

Ello hay que hacerlo. No obstante, dada la desconfianza y recelo empresariales, son señales blandas, cuya capacidad persuasiva es baja.


Proponemos por consiguiente la siguiente señal dura, que sí tendría efectos considerables:


3. Privatizar una o dos empresas por iniciativa gubernamental (...).

Naturalmente, ello tiene que ir acompañado de un esfuerzo pedagógico hacia la opinión pública, y particularmente hacia nuestras bases políticas de apoyo (...).

Tiene que ser económicamente racional hacerlas, y sobre ellos no pueden haber dudas.


Además (...) proponemos:


1. Una ronda de reuniones con los grupos grandes con el fin de comunicarles informalmente primero y formalmente después la filosofía del Gobierno sobre la meta nacional de desarrollo.


Esta operación tendría dos fases:


Una primera reunión con uno o dos Ministros y uno o dos asesores, informal y de precalentamiento.

La reunión es política, no técnica ni destinada a recibir (escuchar) inquietudes particulares o corporativas. La iniciativa siempre es nuestra.

Esta ronda puede comenzar con el gringo Luksic (sic), seguir con el grupo Angellini, después con el Grupo Andraca. Hacia el final, con grupos como el grupo Matte, que a esas alturas estará suficientemente ansioso y “cocinado en su propia salsa"Minuta Edgardo BoeningerMinisterio Segpres

b) Una segunda reunión formal con el Presidente, que no tiene porque estar rodeada de publicidad. El mundo empresarial se enterará de todas maneras.

El objetivo es el mismo que el anterior, afinado con la información obtenida en la primera reunión. El Presidente no los escucha. Les hace saber su visión.

Esta ronda puede comenzar con el gringo Luksic (sic), seguir con el grupo Angellini, después con el Grupo Andraca. Hacia el final, con grupos como el grupo Matte, que a esas alturas estará suficientemente ansioso y “cocinado en su propia salsa”.


2. Celebrar en los próximos meses dos o más eventos, convocados por el Gobierno y donde el Gobierno lleva la iniciativa, para tratar problemas de sectores estratégicos, pero en el marco de la visión gubernamental del desarrollo como meta nacional (...). 3. Celebrar a comienzos o mediados del segundo semestre un evento ( seminario o análogo) sobre el tema de la inserción de Chile en la economía mundial hacia fines del siglo.

Nuevamente, lo predominante debe ser el marco político, quizás concretado en la imagen de Chile como emergente tigre latinoamericano.


4. Aprovechar los viajes de ministros a regiones para reuniones con líderes productivos locales (...).


5. Utilizar la tradición anglosajona de comisiones especiales que evacúan informes, para crear algunas que integren expertos e intelectuales con clara inserción en el mundo empresarial, que deliberen en el marco político que define la visión gubernamental del desarrollo como meta nacional.


6. Lanzar una política de relaciones internacionales, con gran publicidad y resonancia interna, orientada por la idea de convertirse en un tigre del Pacífico Sur, integrando al sector empresarial que aparece adhiriendo a la conducción gubernamental.





Reportajes
Se parte con lo más difícil: Impuestos y reforma laboral La distancia empresarial la sufrieron Alejandro Foxley y Patricio Aylwin en las Enade 88 y 89, y por lo mismo tender lazos con este mundo fue un énfasis desde antes de ganar el gobierno. Ya antes incluso de las elecciones tendieron puentes, y uno de los líderes clave fue el presidente de la CPC Manuel Feliú.

Se parte con lo más difícil: Acuerdos en impuestos y reforma laboral

La distancia empresarial la sufrieron Alejandro Foxley y Patricio Aylwin en las Enade 88 y 89, y por lo mismo tender lazos con este mundo fue un énfasis desde antes de ganar el gobierno, por el trabajo del futuro ministro de Hacienda, su futuro par de Economía, Carlos Ominami, y el de Presidencia, Edgardo Boeninger. Gracias a ello, tenían terreno avanzado en futuros acuerdos, lo que requirió que los líderes empresariales como Manuel Feliú (CPC) y Fernando Agüero (Sofofa) dieran algunas batallas en el interior de sus gremios para calmar las posiciones más duras.

“No sé nada de economía, sí de lo importante que es y, por eso, cuando tuve que asumir una responsabilidad, formé un buen equipo y le otorgué plena confianza. La política económica la hicieron Foxley, Boeninger, Cortázar, Ominami, gente que sabía”, recordó Patricio Aylwin a los periodistas Margarita Serrano y Ascanio Cavallo en el libro "El Poder de la Paradoja".




Por Rafael Fuentealba

La Enade de 1989 no solo fue la primera que utilizó una frase en latín para simbolizar su objetivo, fue también la última en dictadura y la ocasión para que expusieran los tres candidatos que disputarían la Presidencia semanas después: Patricio Aylwin –favorito en las encuestas-, Hernán Büchi y Francisco Javier Errázuriz.

Nunca en mi vida he sido objeto de una recepción más gélida. Era claro que yo no contaba con a simpatía del sector empresarialPatricio AylwinMemorias "El reencuentro de los dmócratas"

Con el nombre de “Quo Vadis, Chile?” la cumbre se realizó el 14 de noviembre en el hotel Sheraton. “Nunca en mi vida he sido objeto de una recepción más gélida; cuando ingresé, algunos empresarios se retiraron ostensiblemente del salón donde se efectuó el encuentro, mientras otros conversaban y poquísimos me saludaron”, anotó años después Aylwin en su libro de memorias “El reencuentro de los demócratas”: “Era claro que yo no contaba con la simpatía del sector empresarial”.

La frialdad de la Enade con los líderes de la Concertación no era inédita. El año anterior, bajo el lema “La libre empresa y el futuro de Chile”, 55 días después del plebiscito del 5 de octubre de 1988 que dijo No a prolongar otros 8 años el gobierno del general Augusto Pinochet, expuso por primera vez Alejandro Foxley, coordinador de los economistas de oposición. Al subir al podio y mientras ordenaba sus notas, se paró un asistente y le gritó: “¿Sabe, señor Foxley? ¡No le creo nada!”. Nunca se supo quién fue.

El fin de la dictadura y la llegada de la Concertación al poder obligó a importantes reacomodos de los distintos actores sociales. Y uno en particular tenía alta importancia para la nueva administración: El mundo empresarial, clave para elevar el crecimiento del país. Cómo se fue tejiendo esa relación, inicialmente teñida de desconfianza y preocupación, es parte del siguiente relato, cruzado por dos negociaciones clave: Los pactos entre la cúpula empresarial, la CUT y el Gobierno por el tema laboral, y las negociaciones para la primera reforma tributaria en democracia.

“Yo a ustedes no les creo nada”

Según recordó Aylwin en su libro, en el ámbito empresarial había “una actitud de desconfianza, recelo y hasta hostilidad hacia el nuevo gobierno”, graficada en la Enade de 1989: “Dominaba en su seno el prejuicio de que en la coalición que asumía el gobierno se impondrían las posiciones demagógicas, con el consiguiente deterioro de la estabilidad económica y amenazas para la paz social”.

Una experiencia parecida a la de Foxley vivió el futuro ministro de Economía, Carlos Ominami, líder de la Agrupación de Economistas Socialistas (AES). Según relata hoy, junto con Carlos Cruz y Álvaro García acompañó a Ricardo Lagos a una reunión privada organizada por Sofofa. “Ernesto Ayala nos dijo: ‘Yo a ustedes no les creo nada’. Nosotros le dijimos: ‘¿Sabe qué?, nosotros tampoco a ustedes nada, ese es el problema que tenemos, pero los más perjudicados hemos sido nosotros, que llevamos años de dictadura y nos han pasado todas las cosas que nos han pasado; entonces, tratemos de tener un enfoque diferente”’.

Fernando Agüero, presidente de Sofofa entre 1987 y 1991, recuerda esa cita de cuatro horas en su casa. Aparte de él y Ayala, participaron Eugenio Ipinza, Sergio López y Raúl Salhi. A los industriales les importaba hablar con Lagos, pues no conocían a ese líder opositor: “Pudimos conversar y dialogar sobre lo que aspirábamos para Chile y el futuro, ni ellos ni nosotros planteamos nada controversial”, recuerda.

Pero cualquier cosa podía crear distancias. La misma designación de Ominami en el gabinete en enero de 1990, por ejemplo, sorprendió: “Un exmirista, ex GAP, de ministro de Economía, no lo supimos entender; nos desconcertamos”, reconoce Agüero hoy. Afirma que optaron por ver el ángulo favorable: Ominami estudió en Francia y, por tanto, “no podía ser un ignorante, ni venía del socialismo real”.

“Había preocupación, no necesariamente desconfianza, sobre si el sistema de economía social de mercado y abierto al exterior iba a ser capaz, por sus méritos, de mantenerse en el tiempo, un poco independiente de cual fuera el nuevo gobierno”, recuerda Fernando Agüero, ex presidente de Sofofa. La foto del archivo de El Mercurio: Aylwin con la cúpula empresarial de la época.


Treinta años después de los hechos, los empresarios consultados hablan de “preocupación”, más que “desconfianza” con el primer gobierno democrático. “Había preocupación, no necesariamente desconfianza, sobre si el sistema de economía social de mercado y abierto al exterior iba a ser capaz, por sus méritos, de mantenerse en el tiempo, un poco independiente de cual fuera el nuevo gobierno”, explica Agüero. Quien era presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) en la época, Manuel Feliú, también usa el mismo matiz: “El empresariado estaba bastante preocupado”, pues recuerda que los primeros documentos que conocieron de la Concertación “estaban prácticamente trayendo de nuevo a la palestra las ideas del gobierno de Allende”. Afirma que tras revisar esas propuestas, la Confederación decide propiciar acuerdos para evitar el riesgo de “volver atrás”, apostando por “lo que nosotros llamábamos pacto social”.

No obstante, el exministro Ominami asegura que con Foxley en la campaña “dijimos exactamente lo que íbamos a hacer. Que un problema fundamental era la deuda social: los 5 millones de pobres; que la democracia tenía que comenzar a pagarla y que la única manera de pagarla, siendo responsables y rigurosos, era con una reforma tributaria. Plantearlo en la campaña fue un elemento de confianza”.

Mínimos lazos empresariales de Aylwin

Aylwin no tenía mayores vínculos con el mundo empresarial. En el libro entrevista a Aylwin “El poder de la paradoja”, de los periodistas Ascanio Cavallo y Margarita Serrano, el mandatario dio nombres de quienes lo apoyaron en la campaña: Tenía a empresarios como los Noemi, José Luis del Río, Andrés Navarro “y paremos de contar”; no tuvo relación con Carlos Cardoen, aunque era probable que haya aportado a su campaña; y que era posible “que a través de los Zaldívar haya llegado algo de don Anacleto (Angelini), no sé”.

Ya en La Moneda, Aylwin decidió reunirse de forma privada con los principales grupos económicos acompañado de Boeninger y Foxley. Alcanzó a hablar con los Luksic y los Matte. Angelini no acudió porque, cuenta Aylwin, se había molestado por una afirmación suya que no le gustó y antes por la Ley de Pesca.

Los empresarios que apoyaron al No a través de la organización Empresarios por la Democracia, eran básicamente de propietarios pequeños y medianos, y profesionales independientes (Reinaldo Sapag, Orlando Sáenz, Carlos Hurtado, Eduardo Aninat, Efraín Friedmann y Germán Riesco). Otros dos amigos empresarios suyos eran José Luis Moure e Ítalo Zunino, pero no eran de las grandes ligas.

“Con Alejandro, siempre le decíamos al Presidente: ‘Mire, nuestro aporte es que la economía no sea un hoyo negro para usted, que no sea una restricción’. La verdad es que la economía no solo no fue una restricción, sino que terminó siendo un plus de la gestión de Aylwin, con un crecimiento alto, mucho más del pensado”Carlos OminamiMinistro de Economía 1990-1994)

A sus pocos vínculos empresariales, Aylwin reconoció otro factor en el libro “El poder de la paradoja”: “No sé nada de economía, sí de lo importante que es y, por eso, cuando tuve que asumir una responsabilidad, formé un buen equipo y le otorgué plena confianza. La política económica la hicieron Foxley, Boeninger, Cortázar, Ominami, gente que sabía”.

“Con Alejandro, siempre le decíamos al Presidente: ‘Mire, nuestro aporte es que la economía no sea un hoyo negro para usted, que no sea una restricción’. La verdad es que la economía no solo no fue una restricción, sino que terminó siendo un plus de la gestión de Aylwin, con un crecimiento alto, mucho más del pensado”, valora hoy Ominami.

Un logro que superó dos prejuicios que afectaban a los nuevos equipos: Repetir los errores económicos de la UP y las experiencias del vecindario (en Argentina, Raúl Alfonsín traspasó anticipadamente a Carlos Menem la presidencia en 1989 por la severa crisis económica). De hecho, en la gira por Europa de Aylwin, Foxley y Ominami, en septiembre de 1989, una parte del mensaje era transmitir que la Concertación se enfocaría en la responsabilidad fiscal para evitar la hiperinflación y el sobreendeudamiento.

Hubo otro elemento que facilitó la estrategia económica: la caída del Muro de Berlín, que deslegitimó ideas de planificación central o reestatizaciones.

“Los Manueles” en acción

Manuel Feliú hoy dice que no creía que Pinochet ganaría el plebiscito. Sabía incluso antes de esa elección que era necesario propiciar la concertación social en la inminente democracia. Por ello, el 27 de septiembre de 1988 –una semana antes del plebiscito-, visitó la recién constituida Central Unitaria de Trabajadores (CUT). La señal no era menor: el presidente de la CUT, Manuel Bustos, y el primer vicepresidente, Arturo Martínez, estaban relegados desde ese mes en Parral y Chañaral, respectivamente; condenados a 541 días por llamar a un paro nacional en 1987.

El presidente subrogante, Diego Olivares, recibió a Feliú: hablaron de negociación colectiva, sindicalización y derecho a huelga. El líder de la CPC fue el primer dirigente empresarial que pidió a Pinochet indultar a Bustos y Martínez. Pinochet lo hizo en octubre de 1989 cuando el diario La Época informó que el líder polaco Lech Walesa vendría a Santiago a interceder por ellos.

“Manuel Bustos me tenía un especial aprecio y yo también a él”, resume hoy Feliú, vínculo que incluso les valió el apodo de “los Manueles”, usado hasta por el propio Aylwin.

El empresario minero miraba con atención la experiencia de la transición española, con los Pactos de la Moncloa de 1977 entre el gobierno de Adolfo Suárez y la oposición, para consensuar reformas políticas y medidas económicas, avalados por las principales centrales sindicales y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE). Incluso viajó a España, estableciendo una relación con la CEOE, entidad que puso a disposición de la CPC apoyo técnico y de personas.

“Fuimos abriendo camino para tener las confianzas que se necesitaban, para que los trabajadores también creyeran que Chile era posible sacarlo adelante, y que solo era posible con la unión frente a principios básicos de todos; que la democracia no fuera solo un proyecto de ideas, sino un proyecto de objetivos”, explica. Claro que reconoce que “trabajar con los trabajadores y lograr con ellos un pacto, no le caía bien a mucha gente en la Confederación”, y principalmente a su gremio más poderoso: Sofofa. “Pero al final los empresarios nos pusimos de acuerdo. Con gran empuje nos ayudó gente como los ‘tres mosqueteros’, Ernesto Ayala, Hernán Briones y Eugenio Heiremans, los líderes indiscutidos en la Sofofa, más los líderes que venían en camino”.

Hasta Aylwin los llamaba "Los Manueles", reflejo del entendimiento que existía entre el líder de la CUT (Bustos), a la derecha, y de la CPC (Feliú), a la izquierda.



El plan de Feliú coincidió con la modernización del sindicalismo que promovían desde Cieplan y otros centros de estudio, fundada en un fuerte rol de la CUT. Además, este mundo de la Concertación construyó lazos directos con ese mundo: Con Bustos confinado en Parral, un día la cúpula del think tank fue en bus a visitarlo: “Se generó una gran confianza y credibilidad”, indica Foxley.

En Cieplan tampoco desconocían la experiencia de los Pactos de la Moncloa: en 1986 invitaron a Adolfo Suárez a exponer sobre la transición hispana.

“Comenzamos a conversar antes de la elección”

Las piezas, así de a poco, y con las iniciativas de distintos actores, comenzaban a encajar: Estaban las mismas preocupaciones; se miraban las mismas experiencias extranjeras. El siguiente paso: el diálogo.

Foxley recuerda que en la campaña de 1989, se abrió la vía de comunicación con los empresarios: “Con ellos, sobre todo con Feliú, comenzamos a conversar antes de la elección en reuniones privadas. Hubo una confianza que se fue construyendo poco a poco”. Al día siguiente de que Aylwin ganara la elección, “pudimos llamar a Feliú y Bustos y decirles: ‘Ya, ahora empezamos a dialogar en serio y a construir acuerdo´. Ellos inmediatamente accedieron”.

Con los plazos corriendo para que asumiera Aylwin, en las conversaciones tuvieron roles importantes Feliú, Agüero, el presidente de la Cámara Chilena de la Construcción (CChC), José Antonio Guzmán, y el presidente dela Cámara Nacional de Comecio (CNC), el líder más joven de la CPC de fines de los 80, Daniel Platovsky. La idea era hablar de reformas laborales, “tema fundamental después de una dictadura donde los sindicatos estaban prohibidos, no había actividad sindical, huelgas ni nada por el estilo”, señala el ex líder de la CNC.

La CPC también quería un compromiso de la contraparte: “Le dije a Manuel Bustos que estábamos dispuestos a lo que correspondía para una justa y equilibrada relación entre empresa y trabajo, pero también queríamos que los trabajadores nos garantizaran nuestros derechos como empresarios. Nosotros reconocimos los derechos de los trabajadores como corresponde en cualquier economía abierta y además en democracia”, recuerda Platovsky. La CUT aceptó, tal como se expresó en el posterior Acuerdo Marco.

Fernando Agüero complementa hoy que en el grupo de trabajo semanal –donde él y Platovsky eran los operativos por la CPC- también participaron los investigadores de Cieplan José Pablo Arellano y René Cortázar, así como el vicepresidente de la CUT, Arturo Martínez. Según el expresidente de Sofofa, el 90 por ciento del acuerdo marco se negoció antes de que Aylwin asumiera el 11 de marzo de 1990.

Agüero admite, sin embargo, que en Sofofa no todos estaban de acuerdo: “La peleábamos fuerte dentro del consejo; tuve que defender mucho esa idea del acuerdo marco, que fue muy positivo: es un acuerdo paraguas que después dio origen a tantos otros”.

El otro flanco, el de los líderes sindicales, también requería atención por parte de quienes asumirían el gobierno. Foxley recuerda una conversación del 13 de marzo que sintetizó cómo serían esas relaciones: “El día después del acto en el Estadio Nacional por la asunción de Aylwin, Manuel Bustos me llamó o lo llamé yo -no me acuerdo- y me dijo algo que nunca se me olvidó: ‘Mira, Alejandro, quiero que entiendas que voy a cumplir mi rol de presidente de los trabajadores de Chile, y lo voy a hacer con dureza, pero al mismo tiempo te quiero decir que quiero ser uno de los dirigentes que ayuden a construir un Chile democrático. Puedes confiar en que voy a cumplir esas dos tareas y que vamos a poder trabajar bien juntos’. A lo largo de los cuatro años cumplió exactamente con las dos cosas”.

Las conversaciones a tres bandas cuajaron en el Acuerdo Marco, firmado en La Moneda el 27 de abril de 1990, entre la CPC, la CUT y los ministerios de Hacienda, Economía y Trabajo. En el texto, aparte del consenso en el régimen democrático, la economía de mercado y la equidad en las relaciones laborales entre empresa y trabajadores, el Ejecutivo comprometió un reajuste del salario mínimo, de las asignaciones familiares y de las pensiones mínimas, mientras la CPC aceptó recomendar a sus bases un aumento de los beneficios sociales a sus empleados.

En el documento también se estableció el envío de reformas laborales.
Según el exministro Ominami, durante los cuatro años de Aylwin funcionó “un cierto sistema de concertación social” que se diluyó después en la administración Frei: “El salario mínimo se pactaba con Feliú, Agüero, Bustos y Martínez. Fue un tiempo muy bueno para el mundo laboral. Con Aylwin había un tripartismo que a nosotros nos ayudaba mucho, porque frente al alegato de los empresarios, nosotros les decíamos están estos otros también, juntémonos con Manuel, con Arturo, y vamos viendo lo que hacemos”.

Democracia de los acuerdos en acción

Si la CUT y la CPC fueron los actores clave para encauzar las relaciones laborales entre 1990 y 1994, Renovación Nacional fue la contraparte para que el gobierno consiguiera la reforma tributaria que allegaría recursos para el programa social.

Foxley cerró la negociación tributaria con RN: Sebastián Piñera, Evelyn Matthei e Ignacio Pérez Walker fueron su contraparte.



Según escribió Andrés Allamand en su libro “La travesía del desierto”, el modelo económico debía ser convertido “en un auténtico proyecto nacional”, ya que “no podía seguir siendo ‘solo’ el modelo de la derecha. O de los empresarios en exclusiva. O del gobierno militar. Mucho menos de Pinochet y los Chicago Boys (…). Había que atraer al gobierno y la Concertación hacia adentro del modelo”.

Las conversaciones, varias de ellas en casa de Foxley, tuvieron como
protagonistas principales a Allamand y al senador Sebastián Piñera. Estaba también la diputada Evelyn Matthei e intervino el senador Sergio Romero.

El primer semestre de la transición la UDI y RN quedaron en veredas diferentes: Mientras los equipos de RN y la Concertación avanzaban en el acuerdo, el 20 de marzo la UDI notificó a Foxley de que no apoyaría la reforma, salvo en cerrar algunas brechas por renta presunta. Según su presidente, Julio Dittborn, la lucha contra la pobreza no dependía de los programas sociales, sino de la creación de empleos y del estímulo de la inversión.

En esa misma jornada, la CPC le planteó al ministro de Hacienda algo parecido. Según Feliú, era “injusto” que el 60% de los US$ 550 millones recaudados viniera del sector privado. El ministro respondió que la reforma era fundamental para la pacificación de los espíritus, consolidar la democracia y ofrecer estabilidad económica.

No obstante, el proceso con RN ya era imparable y el lunes 26 de marzo se logró el acuerdo. La reforma tuvo cuatro aspectos fundamentales: subió el IVA de 16% a 18%, el impuesto a las empresas de 10 por 15%, pero sobre la base de utilidades devengadas y no solo retiradas; modificó los tramos superiores del impuesto a la renta y acotó el sistema de renta presunta.

Al día siguiente de anunciarse el acuerdo político, la CPC habló con la UDI. Mientras el diputado y presidente de la Comisión de Hacienda, Pablo Longueira, dijo que su partido “lamenta” el entendimiento, Fernando Agüero señaló que a la reforma le faltaba consenso y que el empresariado no la apoyaría, pues los cambios “hipotecan el desarrollo futuro del país”. El mismo martes 27 de marzo, en la inauguración del Instituto Libertad y Desarrollo, hoy Libertad y Desarrollo (LyD), uno de sus fundadores, el exministro Hernán Büchi, pidió priorizar el crecimiento por sobre alza de impuestos, enfatizando que las medidas “serán perjudiciales para los chilenos, especialmente los más necesitados”.

Para nosotros, la reforma tributaria era también parte del proceso de ayudar a que la transición a la democracia fuera exitosaDaniel PlatovskyExpresidente de la Cámara Nacional de Comercio

Los empresarios, sin embargo, se habían casi resignado. El 30 de marzo, once días antes de que el proyecto ingresara a la Cámara de Diputados, presentaron su declaración definitiva: “La reforma afectará al crecimiento”, sostuvieron. Compartían el hacer un fuerte gasto social, pero creían que había vías que castigaban menos la inversión: manejo más austero de recursos fiscales, privatizaciones, mayor eficiencia y un manejo equilibrado de las variables macroeconómicas.

El 19 de abril, Feliú repetiría estos peros ante los diputados, aunque concluyó: “La aceptamos porque estamos conscientes y convencidos de la necesidad de enfrentar los problemas sociales en forma acelerada”.

Feliú hoy admite que no resultó fácil resolver lo tributario en la CPC. Su primera aprensión es que la plata en manos del Estado termina malgastándose: “Yo me puse duro en ese tema también con los empresarios”, recuerda, y aunque dice que “estaban jodiendo mucho los de la Sofofa”, al final logró el aval de uno de los tres mosqueteros de la industria, Hernán Briones.

“La negociación tributaria fue con RN, no con los empresarios, y RN después nos la planteó. Nosotros primero tuvimos una reacción bastante positiva, como que no captamos el problema del 15%; yo me formé con impuesto a las utilidades devengadas, no solo a las retiradas. Después con la UDI nos hicieron ver los problemas y ahí nos opusimos”, recuerda hoy Agüero.

Agüero postula que lo más difícil de digerir para las empresas fue restablecer el impuesto de primera categoría del 15% sobre utilidades devengadas: “Era la mitad del 30% que habíamos tenido históricamente sobre las utilidades devengadas; era igual a lo que habíamos tenido solamente dos años antes. En privado, teníamos claro que no era tan terrible. Nos tuvimos que oponer por principios: No gravar las utilidades no retiradas estimulaba la inversión, y gravarlas, como lo harían, si bien es cierto que no era en contra de la inversión, sí eliminaba una franquicia”.

Agüero reconoce que el alza de impuestos personales afectaba a las rentas muy altas y que, por tanto, no producía aprensiones, “pero de ninguna manera lo íbamos a decir públicamente”. También estaban de acuerdo en modificar en parte los mecanismos de renta presunta. “Yo diría que fue una negativa débil y centrada nada más que en el impuesto a las utilidades devengadas”, asegura.

Según Daniel Platovsky, el debate en la Confederación no resultó tan complejo como se recogió públicamente en aquel tiempo y que un rol importante lo tuvo Feliú, por su talante más liberal. “Para nosotros, la reforma tributaria era también parte del proceso de ayudar a que la transición a la democracia fuera exitosa”.

El gobierno presentó la reforma en el Congreso el 10 de abril y el 28 de junio ya estaba publicada en el Diario Oficial la Ley 18.985: Se había demorado menos de 90 días; era el momento estelar de la democracia de los acuerdos, el concepto cuya autoría reclamaron posteriormente tanto RN como la Concertación.

Ominami asegura que la de 1990 es una reforma tributaria que solo puede compararse en profundidad con la acordada en el segundo mandato de la Presidenta Bachelet en 2014: “Subimos el impuesto corporativo, aumentamos tramos en el global complementario y aumentamos el IVA, esas tres cosas iban juntas”. Agüero cree que “la reforma tributaria no fue mala, no frenó el crecimiento”. Y agrega que si fue la condición para fortalecer el modelo de economía social de mercado y abierta al exterior, fue un acuerdo aceptable.

A mediados de 1993 los equipos de RN y el gobierno volvieron a sentarse a negociar para revalidar y ajustar las modificaciones de 1990, pero a esas alturas las redes de Foxley con los empresarios eran más densas y había mayor confianza: el grueso de los puntos se abordó con los líderes de la Sofofa y de la CPC, a esas alturas Hernán Briones y José Antonio Guzmán. Allamand, por lo demás, se había peleado con Briones, a quien había acusado de ser uno de los rostros de los “poderes fácticos”.
Entrevista
Foxley aplica el incierto camino de la política de acuerdos: Terminó bien Advertido de la inminencia de su exoneración, Alejandro Foxley abandonó la UC para formar en 1976 la Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica (Cieplan). Lo hizo acompañado de un grupo de economistas de filiación DC cercados por la marea monetarista de los Chicago Boys que controlaba la Facultad de Economía de la UC. Desde Cieplan, Foxley encabezó la mirada crítica sobre el modelo económico los siguientes trece años; luego del triunfo del No, se convirtió en el candidato natural para dirigir la economía de la transición, con una cuidadosa combinación entre cambio y continuidad que se llamó “crecimiento con equidad”.

Foxley aplica el incierto camino de la política de acuerdos: Terminó bien

Advertido de la inminencia de su exoneración, Alejandro Foxley abandonó la UC para formar en 1976 la Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica (Cieplan). Lo hizo acompañado de un grupo de economistas de filiación DC cercados por la marea monetarista de los Chicago Boys que controlaba la Facultad de Economía de la UC. Desde Cieplan, Foxley encabezó la mirada crítica sobre el modelo económico los siguientes trece años; luego del triunfo del No, se convirtió en el candidato natural para dirigir la economía de la transición, con una cuidadosa combinación entre cambio y continuidad que se llamó “crecimiento con equidad”.

La relación entre el mundo sindical y empresarial se comenzó a trabajar antes de asumir el gobierno de Aylwin, lo que permitió mostrar prontos resultados, como el acuerdo laboral. En la foto, el ministro de Economía, Carlos Omanimi, el presidente de la CUT, Manuel Bustos, el ministro del Trabajo, René Cortázar, el ministro de Hacienda, Alejandro Foxley, y el presidente de la CPC, Manuel Feliú (Archivo El Mercurio).



Por Rafael Fuentealba

Alejandro Foxley tuvo la certeza de que sería ministro de Hacienda en septiembre de 1989. Al concluir una gira de doce días por seis países de Europa junto con Patricio Aylwin y el economista del socialismo renovado Carlos Ominami -futuro titular de Economía-, Foxley acompañó al candidato presidencial al aeropuerto de Madrid. Se quedaría algunos días más en Europa y Aylwin regresaba a Santiago. Ese 22 de septiembre, el futuro mandatario se despidió con un “Mucho gusto, Alejandro, muchas gracias ministro”.


-¿Esa fue la señal de que usted y Ominami liderarían el área económica?

-En cierta medida sí. Los dos habíamos jugado un rol importante en el proceso previo, en la campaña por el No, dirigiendo a los profesionales de la Concertación. Fue una gira muy exitosa, Aylwin fue muy persuasivo, generó un ambiente extremadamente favorable en los gobiernos europeos. Carlos Ominami y yo explicábamos el enfoque económico y social, lo que suscitó apoyo en gobiernos de distintos colores políticos.

-¿Cómo era su relación previa con Patricio Aylwin?

-Mi relación más cercana se produjo cuando él ya es candidato, pero con una alta probabilidad de ganar la elección; fue gradual y el viaje la fortaleció. Él hizo la gira por Europa para difundir las ideas de lo que el gobierno democrático quería hacer, despejar dudas, pedir apoyo -teníamos un margen de endeudamiento externo público significativo-, crear un marco propicio para una mayor cooperación de los países europeos en la transición y aumentar la inversión en forma rápida e inmediata.


“Aylwin nos presentaba diciendo que iba a hacer un gobierno de coalición entre la DC y el socialismo”

La vuelta por Europa, entre el 10 y el 22 de septiembre de 1989, fue un hito. Así la recuerdan sus protagonistas y el propio Aylwin en sus memorias “El reencuentro de los demócratas”. El candidato desarrolló un programa casi de Jefe de Estado. Mientras en Santiago el general Augusto Pinochet y sus partidarios se emocionaban hasta las lágrimas en el último discurso de aniversario del 11 de septiembre en el edificio Diego Portales, la agenda de Aylwin partía ese mismo día con el primer ministro italiano Giulio Andreotti. Luego, una audiencia privada con el Papa Juan Pablo II.


"Mi relación más cercana (con Patricio Aylwin) se produjo cuando él ya es candidato, pero con una alta probabilidad de ganar la elección, fue gradual y el viaje (a Europa) la fortaleció", recuerda el exministro de Hacienda (Archivo El Mercurio).



En los días sucesivos no bajaría la vara de personalidades en sus visitas a Francia, la República Federal de Alemania, Bélgica, Suiza y España. En este último país estuvo casi dos horas con el presidente del Gobierno, Felipe González, y más tarde con el Rey Juan Carlos y el nuevo líder de la oposición, José María Aznar.

Al único jefe de gobierno que no vieron fue al Canciller germano Helmut Kohl, tan democratacristiano como Aylwin, que estaba fuera de Bonn.

En las ciudades europeas, Foxley y Ominami expusieron ante los líderes empresariales y económicos el mensaje deque habría un gobierno de coalición de dos culturas políticas que los europeos comprendían bien: la Democracia Cristiana y el socialismo renovado, que era casi lo mismo que decir socialdemocracia.

Ominami también sintió que en el Viejo Continente las cosas se decantaban: “Yo tenía la sensación de una responsabilidad grande desde antes del plebiscito de 1988, y ya no me cupo la menor duda en septiembre de 1989 cuando fuimos a Europa. Aylwin nos presentaba diciendo que iba a hacer un gobierno de coalición entre la Democracia Cristiana y el socialismo. Decía: la Democracia Cristiana representada por el señor Foxley y el socialismo por el señor Ominami”.

Si bien desde el triunfo del No era evidente que Foxley sería la más probable cabeza de Hacienda, a tres meses de las elecciones del 14 de diciembre el armado del gabinete no era todavía la preocupación principal de Aylwin. El abanderado tampoco tenía una relación personal con el fundador de Cieplan; el economista había sido próximo a Gabriel Valdés, pero en la disputa dentro de la DC para elegir al candidato presidencial apoyó a Eduardo Frei. No obstante, si acaso persistía alguna sombra de duda de Aylwin sobre Foxley como jefe del equipo económico, se terminó de disipar en Europa. El ingeniero y doctor en Economía, viñamarino de 50 años cumplidos en mayo de 1989, regresó a Chile como hombre de confianza.


Había una enorme desconfianza, se creía que no íbamos a cumplir lo que se decía en ese documento (programa), que íbamos a ceder a todas las presiones acumuladas durante 17 años de dictadura para aumentar el gasto público, que la economía se iba a desajustar, que habría hiperinflación y seguramente cero crecimientoAlejandro FoxleyMinistro de Hacienda (1990-1994)

“Una persona que jugó un rol fundamental en articular la mirada política del candidato con la mirada económica y social fue Edgardo Boeninger, un articulador excepcional con quien logramos -como siempre digo- jugar de memoria. Nunca tuvimos discrepancias”, agrega en los recuerdos Foxley.


“No fue fácil la decisión de decir no debemos ni vamos a partir de cero”

Foxley recibió en 1988 el encargo de la recién formada Concertación de Partidos por el No de elaborar un programa económico y social y coordinar a economistas opositores que fundamentalmente actuaban desde centros de estudio e investigación financiados con recursos internacionales: “Lo interesante fue la primera reacción de los sectores privados o empresariales. Había una enorme desconfianza, se creía que no íbamos a cumplir lo que se decía en ese documento, que íbamos a ceder a todas las presiones acumuladas durante 17 años de dictadura para aumentar el gasto público, que la economía se iba a desajustar, que habría hiperinflación y seguramente cero crecimiento. Nuestro punto de partida fue hacer el esfuerzo de difundir lo que en realidad estaba en ese programa y, segundo, un esfuerzo de persuasión hacia la gente”.

-¿Cómo recuerda ese período?

-Al comienzo fue muy difícil. Recién en 1988 estuvimos por primera vez en televisión y pude argumentar indicando el tremendo déficit de la política económica de la dictadura: que Chile, como consecuencia del supuesto milagro económico, tenía más de 5 millones de pobres; que el milagro económico les sirvió a unos pocos dentro de la clase económica dirigente.

-¿Cuáles elementos de la economía del régimen militar debían seguir siendo parte de sus propuestas?

-No fue fácil la decisión de decir no debemos ni vamos a partir de cero. El gobierno de Pinochet, con todas sus dificultades, resultaba bastante mediocre: el milagro económico de los Chicago Boys significó que en 17 años la economía creciera menos de 3% anual -el promedio fue 2,9%-, con un control total del manejo económico. Sin embargo, había dos elementos positivos. Uno, tomar el riesgo de ser uno de los primeros países en desarrollo que abrió la economía para competir en el mundo, pues la globalización vino después. Segundo, que ese riesgo fue acompañado del despertar del sector privado, que entendió que la apertura ofrecía oportunidades e invirtió más. El elemento de cambio era obvio: apertura a todos los sectores, acuerdos y política social hiperactiva para reducir la pobreza y la desigualdad.

"Nunca se planteó la idea de continuar el modelo. Siempre se dijo que habría una nueva estrategia, de crecimiento con equidad. Entendíamos que el énfasis en la reducción de la pobreza y las desigualdades era un cambio muy fundamental". En la foto, Ominami y Foxley conversan con sus pares Enrique Correa (Segegob) y Edgardo Boeninger (Segpres). (Archivo El Mercurio)



-¿Cómo define el proceso de acercamiento de Cieplan, más ligado a la DC, con los economistas socialistas?

-En algún momento tuvimos diferencias de enfoque; el sector socialista más militante quería un rol muy importante del Estado, en particular en lo productivo, más cercano a lo que ellos propusieron e intentaron en el gobierno del Presidente Allende. Nosotros creíamos en una economía mixta, competitiva e integrada al mundo, con un rol importante del sector privado y fuerte énfasis social en la reducción de la pobreza y las desigualdades.

-No obstante, persiste el debate acerca de la continuidad del modelo.

-Nunca se planteó la idea de continuar el modelo. Siempre se dijo que habría una nueva estrategia, de crecimiento con equidad. Entendíamos que el énfasis en la reducción de la pobreza y las desigualdades era un cambio muy fundamental. Dicho esto, en algún momento hubo una discusión dentro de los economistas de la Concertación respecto del rol del Estado y el sector privado. Había un sector que proponía estatizar algunos sectores y privilegiar mucho la inversión pública.

-¿La izquierda también era consciente de no repetir la experiencia de la UP?

-Sí, aunque siempre había algunos nostálgicos.


“Feliú y J.A. Guzmán entendieron que el camino era el de los acuerdos”

Según el exministro, desde Cieplan hubo un esfuerzo de aproximación al mundo privado anterior al plebiscito de 1988, pero con escasos resultados: “Creo que tenía que ver con el rol dominante de Pinochet, que no aceptaba ese tipo de apertura de sectores más cercanos a su gobierno. La tarea de persuasión fue difícil, pero tenía que ser auténtica. No podíamos aparecer como los nuevos Chicago Boys o los nuevos neoliberales, como han dicho algunos, sino que mantener nuestro perfil de hacer una política responsable, seria y creíble”.

El deshielo de los gremios empresariales con la Concertación se aceleró tras el triunfo del No. “En los meses anteriores a la elección empezamos a enviar señales de que queríamos conversar con la CPC, la Sofofa y otras organizaciones. Cuando se dieron cuenta de que Aylwin tenía una alta probabilidad de llegar al gobierno, empezamos a conversar”, indica. La figura clave en el acercamiento fue el presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), Manuel Feliú: “Con Feliú comenzamos a conversar antes de la elección, en reuniones privadas. Hubo una confianza que se fue construyendo poco a poco”.

Foxley recuerda, además, que “llevábamos mucho tiempo antes desarrollando relaciones con el mundo sindical, con todas sus instituciones formales, con la CUT y las demás. Eso fue un punto de partida que nos dio tranquilidad: generó gran confianza y credibilidad”.

Dentro de los dirigentes empresariales se comenzaron a notar dos visiones, una más dura, de los que seguían pensando que íbamos a hacer una pésima gestión pública. En cambio, había otro sector, principalmente en la CPC, donde Manuel Feliú y después José Antonio Guzmán entendieron que el camino era el de los acuerdosAlejandro FoxleyMinistro de Haciends (1990-1994)

El propósito de establecer confianzas con el sindicalismo y el empresariado era un desafío clave de Foxley y su equipo para enfrentar, en el marco de un pacto social, las presiones salariales y la demanda por modificaciones en la legislación laboral que sobrevendrían con la democracia.

-¿Cómo se fue superando la desconfianza del mundo empresarial?

-Dentro de los dirigentes empresariales se comenzaron a notar dos visiones, una más dura, de los que seguían pensando que íbamos a hacer una pésima gestión pública. En cambio, había otro sector, principalmente en la CPC, donde Manuel Feliú y después José Antonio Guzmán entendieron que el camino era el de los acuerdos.


“La regla de Piñera”

-¿Por qué se decide proponer una reforma tributaria en 1990?

-Lo definimos como indispensable. Para demostrar gobernabilidad debíamos partir haciendo una reforma tributaria para aumentar los impuestos a empresas y contribuyentes, disminuir las formas de evasión, reducir el déficit fiscal y juntar recursos para la política social.

-¿Negociaron los contenidos de la reforma con el empresariado?

-No negociamos ni con el empresariado ni con el mundo sindical. Aunque al comienzo había parlamentarios a los cuales no les gustaba la idea de subir impuestos y querían una política más tradicional o un poquito más populista, nosotros no cedimos.

"En cuanto entendimos que íbamos a tener la responsabilidad de sacar adelante el programa económico, establecimos contacto con el senador Sebastián Piñera, que llevaba el tema económico en RN", recuerda Foxley. En la foto, a la derecha del ministro, el RN Andrés Allamand, y los senadores de ese partido Francisco Prat y Sergio Romero (Archivo El Mercurio).


-Para hacerla viable en el Congreso fue decisivo el apoyo de RN.

-En cuanto entendimos que íbamos a tener la responsabilidad de sacar adelante el programa económico, establecimos contacto con el senador Sebastián Piñera, que llevaba el tema económico en RN, y otras personas de la oposición, incluido Sergio Onofre Jarpa un poquito después; también Andrés Allamand, que manejaba el partido. La diputada Evelyn Matthei también formaba parte del grupo, pero la negociación principal fue con Piñera, que se manifestó desde el principio abierto a negociar. Lo único que nos pidió fue: “Cuéntame tú en qué van a gastar los recursos de la reforma”.

-¿El destino de la recaudación fue motivo de discordia?

-De conversación, porque él pescó sus papeles, su regla, y comenzó a anotar los porcentajes de cómo él creía que debían distribuirse los incrementos. Al final todo lo formalizamos con Jarpa, que era presidente del partido. Antes no habíamos tenido contacto con él. Lo invité a mi casa a un desayuno, le conté lo que habíamos discutido con su gente y el detalle de las propuestas.

"El tema de la regulación fue insuficiente"¿Cuáles fueron los déficits de su gestión? ¿Hubiera hecho algo distinto?

- El tema de la regulación fue insuficiente. Las superintendencias en cada uno de los sectores hicieron bien la tarea de mantener buena información, pero no siempre tuvieron el rigor adecuado y a tiempo para frenar o corregir las tendencias monopólicas u oligopólicas. Eso se convirtió en un lastre en cuanto a la buena imagen que tenía el concepto de una economía mixta en el mediano y largo plazo. Hoy eso es obvio, el descontento tiene una muy significativa relación con la percepción de que la gente es abusada por los que proveen servicios públicos. Creo que esos bienes públicos no fueron suficientemente cautelados respecto de su alcance y costos para los sectores emergentes.

- Uno de los slogans en la crisis social fue “no son 30 pesos, son 30 años”, lo que supone un rechazo también a los primeros años de democracia. ¿A qué atribuye esa visión generacional tan crítica?

- Habría que preguntarles a ellos, pero sin duda que parte del problema es que no les tocó vivir ninguna etapa de esos tremendos y horribles 17 años de un gobierno no democrático, ni la hiperinflación y el caos económico al final del gobierno de la Unidad Popular. Recibieron un país que funcionaba bien, pero con las deficiencias que he nombrado, se acumularon déficits y problemas que no se supieron resolver a tiempo. Hay una tendencia en la generación joven a empezar todo de nuevo, a creer que las cosas se pueden hacer mucho mejor, que la generación anterior fue acomodaticia o conservadora. Eso tiene algo de mesiánico, y en su versión peor es un populismo incipiente y un cierto narcisismo de algunos dirigentes. El populismo es una enfermedad contemporánea, es un fenómeno mundial.
-Era muy propio de Jarpa dejar que los demás negociaran y él reservarse la palabra final.

-Sí, efectivamente, me hizo darle una explicación larga y detallada y al final, en términos breves, me dijo: “De acuerdo ministro, vamos a apoyar su reforma”.


“No estaba en el programa”


-Al primer gobierno de la Concertación se le endosa no haber revisado las privatizaciones. ¿Cuál fue la razón?

-Pensábamos que lo que el país necesitaba era una economía mixta, como los países más avanzados, en particular en Europa y Asia, economías sociales de mercado donde el Estado tiene que jugar un rol muy importante para impedir la colusión de sectores que tienden a monopolizar actividades o a abusar del mercado y los consumidores. Lo que se ha demostrado es que esto le dio un impulso inicial a la inversión muy significativo, pero que hemos fallado posteriormente en la capacidad de regulación. Hay sectores que han abusado de su posición dominante o se han coludido.

-¿Pero por qué no revisarlas?

-¿Cuál era la alternativa? ¿Nacionalizar? Eso era volver al pasado socialista ortodoxo que produjo resultados desastrosos en Chile. El tema lo instalamos de una manera diferente. Dijimos que lo importante era lograr una capacidad de crecer más fuerte que en dictadura; queríamos una meta del orden del 5 por ciento, que la cumplimos. Nos parecía que la mejor fórmula era una economía mixta y que no era conveniente ni adecuado reestatizar empresas que estuvieran funcionando bien, en forma transparente, y que había que sumar a los que estaban emprendiendo iniciativas que permitieran ese crecimiento. Revisar privatizaciones, entendido como renacionalización o reestatización, no estaba en el programa. Siempre hemos pensado que el éxito de un país se mide por la capacidad de aprovechar talentos que muchas veces están sumergidos, uno no sabe exactamente dónde están y cómo se van a expresar; pensábamos que para que ocurriera, tenía que haber un ambiente positivo y constructivo.

-¿Qué evaluación hace de lo que se llamó política de los acuerdos?

-La política de los acuerdos fue planteada en la Concertación como un elemento que se iba a intentar llevar adelante, con incertidumbre porque el país estaba muy dividido, política, socialmente y también entre trabajadores y empresarios. Era casi un gesto de voluntad. ¿Íbamos a tener éxito? No teníamos idea, dijimos probémoslo en el camino. Pienso que algo parecido ocurría en el sector privado, no creían inicialmente en la política de los acuerdos, pensaban que habría desajuste económico, hiperinflación y populismo económico y social. Nosotros pensábamos que teníamos que correr el riesgo de partir haciendo los gestos más significativos.
Ensayo
“Tecito y horchata”: Tendiendo puentes al estilo Aylwin Aylwin entendía la importancia del crecimiento para lograr mayor equidad. El historiador y su ex jefe de gabinete, Carlos Bascuñán, escribió el siguiente ensayo sobre su gobierno y los empresarios.

“Tecito y horchata”: Tendiendo puentes al estilo Aylwin

Patricio Aylwin sabía que su fuerte no era la economía, ni los nexos empresariales, pero entendía la importancia de ese mundo para crecimiento y lograr mayor equidad. El historiador Carlos Bascuñán fue jefe de gabinete durante su gobierno y hoy es el encargado del “Repositorio Digital Archivo Patricio Aylwin Azócar” -que agrupa los documentos que guardó el exmandatario, salvo su período presidencial, que fue donado a la U. Alberto Hurtado-, y con esa experiencia escribió el siguiente ensayo sobre el tema.

El mandatario con Anacleto Angelini y José Tomas Guzmán en inauguración de Planta de celulosa en 1991. Aylwin reconocería años después que no tuvo relación directa con este empresario: Andrés Zaldívar era el puente.


Carlos Bascuñán
Historiador UC

“Creo que nunca en mi vida he sido objeto de una recepción más gélida; cuando yo ingresé, algunos empresarios se retiraron ostensiblemente del salón donde se efectuó el encuentro, mientras otros conversaban y poquísimos me saludaron… Era claro que yo no contaba con la simpatía del sector empresarial, lo que no me impidió exponer, con claridad y franqueza, los lineamientos de mi programa de gobierno”.

Con estas palabras, Patricio Aylwin, en ese entonces candidato a la Presidencia de la República por los partidos de la Concertación, describió su participación en Enade 1989, apenas un mes antes de ser elegido presidente de todos los chilenos, con un 55,17%.

Herederos del poder económico y político, y beneficiarios directos del neoliberalismo económico que propició la dictadura, esta actitud de desconfianza, prejuicio y recelo de las asociaciones empresariales sería la tónica durante los primeros años del gobierno democrático.

Gremios empresariales: El modelo era intocable

Anticipando las dificultades, ya antes del triunfo de Aylwin los equipos técnicos encargados del programa económico-social de la Concertación se reunieron con representantes de los gremios empresariales para concordar una agenda de trabajo enmarcada en el modelo de “crecimiento con equidad” que, tal como su nombre lo decía, buscaba asegurar el crecimiento económico para efectivamente avanzar en justicia social.

La cooperación de los empresarios era imprescindible. Manuel Feliú, entonces presidente de la CPC, delegó el diálogo en José Antonio Guzmán, dirigente gremial y partidario del régimen militar, quien, con cierto desdén afirmaba que “esta gente, si llegaba al gobierno, iba a hacer borrón y cuenta nueva.” Los gremios empresariales asumieron la defensa del sistema económico de libre mercado, reacios a toda iniciativa que pudiese amenazarlo. El modelo era intocable.

A partir de marzo de 1990, Aylwin utilizó diversas instancias para circunscribir las desconfianzas y promover el diálogo. Pese a que no creía en el “chorreo” y “rebalse” propio de un modelo neoliberal que consideraba “eficiente para crear riqueza, pero injusto para distribuirla”, reconoció que para avanzar en justicia social, se requería primero que la economía creciera.

"En abril de 1990, el gobierno envió el proyecto de reforma tributaria, en cuya elaboración se había consultado a los grupos empresariales. Pese a ello, fueron críticos". En la foto, Foxley y Aylwin junto a Fernando Agüero, presidente de Sofofa.



Briones le pide “regalito” a Aylwin: Privatizaciones

La reforma tributaria y la reforma laboral se discutieron en medio de las amenazas del empresariado y sus constantes críticas a la política de reajuste económico que debió aplicar el gobierno para hacer frente a la importante estrechez presupuestaria heredada del régimen anterior.

En abril, el gobierno envió el proyecto de reforma tributaria, en cuya elaboración se había consultado a los grupos empresariales. Pese a ello, fueron críticos. Tildaron de excesivo el aumento en los impuestos a las utilidades de las empresas, olvidando que hasta la reforma tributaria de 1984 el gravamen que pagaban sobre sus utilidades era superior a los que ahora se proponían; argumentaron que este aumento perjudicaría la inversión, desconociendo los incentivos que el sistema tributario le otorgaba; y que aumentaría la inflación, ignorando la política macroeconómica que acompañaba a la reforma.

La reforma laboral estuvo precedida por un acuerdo tripartito entre el gobierno, empresarios y trabajadores. Las negociaciones, sin embargo, fueron tensas. Sectores de la CUT acusaban que se privilegiaran los intereses de los empleadores, mientras que el empresariado, encabezado por el líder de la CPC, afirmó que “si esta reforma no nos satisface, entonces no invertiremos en el país.”

Otro tema que friccionó las relaciones gobierno-empresariado, tuvo relación con las privatizaciones de algunas empresas públicas. Como era esperable, los empresarios buscaban dar continuidad al proceso iniciado bajo la dictadura, pero el gobierno no se mostró dispuesto a “liquidar el patrimonio público”. La insistencia de los empresarios llegaría a tal punto que, en 1992, durante la gira presidencial a los países de oriente, Hernán Briones G., tras agradecer a Aylwin el éxito alcanzado en la gira, socarronamente le dijo que “ya que estaban tan amigos, porque no le hacía un regalo a los empresarios.” Aylwin incautamente preguntó“¿qué regalo?” y Briones, con una gran sonrisa, le respondió “privatizando Codelco”.

El contexto no era promisorio, menos aún si a los temas señalados se agregaban factores propiamente políticos, como las tensiones con el mundo militar – agudizadas tras la creación de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, en abril de 1990- y la latente amenaza de la reactivación del bloque derecha política-militares-empresarios.

Delega en sus ministros generar lazos con empresarios

A partir de agosto de 1990 el gobierno se focalizó en dar claras señales a los agentes económicos respecto de las reglas del juego básicas de la actividad económica. Consciente de la interdependencia entre lo político y lo económico, su objetivo era otorgar confianza, seguridad y estabilidad para generar un crecimiento que permitiera mayor equidad y justicia social.

Entre las acciones que contemplaba esta estrategia, estuvo la de hacer una ronda de invitaciones individuales a los grandes empresarios a tomar un “tecito y horchata” con el presidente en La Moneda. La idea era ir más allá de las relaciones corporativas y protocolares. Se esperaba que los empresarios, mayoritariamente ideologizados y con influencia política, se sintiesen parte de la gestión del gobierno.

El riesgo de esta estrategia era la percepción de que el gobierno cooperaba con el mundo empresarial y no al revés. Desde luego, los trabajadores, que llevaban ya un tiempo negociando con los empresarios y el gobierno las reformas laborales, podían sentir que este último estaba siendo desleal, lo mismo que los sectores más de izquierda de la Concertación.

Una de las fortalezas del liderazgo de Aylwin fue delegar en sus ministros del área económica la tarea de afiatar los lazos más individuales que comenzaban a establecerse con los empresarios. Fue una decisión realista y honesta. Realista, porque Aylwin asumía que, como abogado, carecía de la formación que las circunstancias exigían en temas propiamente económicos. Honesta, porque sabía que al momento de tener que relacionarse más directamente con los empresarios, su historia personal – expresada en la idea de una patria justa y buena – haría que les hablara con un tono más bien crítico, poniendo en riesgo la estrategia de acercamiento que se había diseñado.

Como contrapunto, Aylwin tenía proximidad con los trabajadores. Su relación con los líderes sindicales Manuel Bustos, María Rozas, Arturo Martínez y Ernesto Vogel, venía de largo tiempo y en los últimos años se había fortalecido. Cuando había dificultades, Aylwin los invitaba a un “tecito y horchata” a La Moneda, logrando que los acuerdos y lealtades primasen por sobre la confrontación y los intereses particulares.

Con el mundo de la Concertación hubo las naturales fricciones y desencuentros propios de una coalición amplia y políticamente heterogénea. Nuevamente el liderazgo de Aylwin fue primordial. Reiteradas veces convocó a La Moneda a los presidentes de partidos, juntos o en forma individual, oficialmente o de forma privada, para revisar conjuntamente los problemas y las posibles alternativas de solución que permitiesen implementar efectivamente el modelo de “crecimiento con equidad”.

Los discursos se endurecen

Pese a que la desconfianza inicial de los agentes económicos había disminuido, especialmente gracias a las alentadoras cifras macroeconómicas alcanzadas hacia fines de 1990, el año 1991 no estuvo exento de fricciones entre gobierno y empresarios. Estos, como colectividad, mantuvieron una postura no gobiernista, pero su opinión era mejor que lo que la derecha política hubiese deseado.

Los acercamientos logrados fueron puestos a prueba cuando el gobierno anunció su decisión de enviar un proyecto de reformas constitucionales que incluían, entre otras, el término del sistema binominal y de los senadores designados.

El discurso en Enade del nuevo líder de la CPC, José Antonio Guzmán, donde advirtió que la tramitación de reformas constitucionales podía crear un clima de inestabilidad que afectaría la economía, evidenció no solo la fragilidad de la relación empresarios-gobierno, sino, las “maniobras de intimidación o chantaje” –como las denominó el entonces secretario general de la Presidencia, Edgardo Boeninger- que el empresariado estaba dispuesto a usar para cuidad sus propios intereses.

Algunas semanas después, Aylwin pronunció un discurso con motivo del segundo aniversario de la elección presidencial. Tras hacer un recuento de los logros alcanzados en materia económica y de destacar que el presidente del FMI señalara a Chile como un país cuya economía era ejemplar, envió un mensaje a los dirigentes empresariales “que viven asustados y anunciando catástrofes que resultan contradichas por los hechos, no nos merecen un gran respeto.

Nos parece que son mezquinas o que revelan falta de voluntad y falta de espíritu de imaginación creadora”. Agregó lo curioso que le resultaba que “los mismos que defienden la libertad económica en todos los planos y que quieren el libre imperio de las reglas del mercado, sin embargo, frente a ciertos fenómenos, acuden presurosos a pedirle al gobierno protección y amparo para sus intereses. ¿En qué quedamos? ¿Quieren reglas del mercado o quieren que el gobierno sea el que maneje la economía?”

El tono usado por el primer mandatario causó molestia en el empresariado y cierto nerviosismo dentro del equipo político del gobierno, que advirtió que un discurso de este tipo ponía en riesgo el compromiso de los agentes económicos con el crecimiento económico, cuestión que no podía ocurrir si realmente se quería alcanzar un umbral mínimo de bienestar para toda la sociedad, que a fin de cuentas, era el objeto primordial del modelo de “crecimiento con equidad”.

Las giras presidenciales para generar cercanía

En materia económica, el año 1992 tuvo como objetivo primordial la inserción internacional de la economía chilena, tras 17 años de aislamiento. El desafío que se propuso el gobierno fue iniciar debidamente el paso de una economía cuya vocación exportadora estaba basada casi exclusivamente en una mano de obra barata y recursos naturales, junto a un tipo de cambio artificialmente alto, a una cuyas exportaciones se sustentasen en una mano de obra capacitada y creativa, una adecuada maquinaria e infraestructura, y la no intervención del tipo de cambio.

Las giras presidenciales con empresarios invitados fueron parte de la estrategia política de acercamiento. Aquí, en España con el Rey Juan Carlos y el presidente del gobierno español, Felipe González, en abril de 1991.


La estrategia para esto fue integrar a los dirigentes empresariales a las giras internacionales. Así, como parte de la comitiva presidencial, grupos de más de 30 empresarios y representantes del mundo sindical viajaron en mayo a Estados Unidos, en junio a Europa y en noviembre a los países orientales. La oportunidad no solo sirvió para que el gobierno avanzara en las negociaciones de tratados de libre comercio y para que los propios empresarios establecieran contactos directos con los grupos económicos en cada país. También ayudó a mejorar las relaciones personales entre dirigentes empresariales, trabajadores y políticos; más de ocho horas dentro de un mismo avión, sirvieron al menos para que se disiparan prejuicios de lado y lado.

El plan del Ejecutivo dio sus frutos. No deja de ser revelador que en septiembre de 1992, Manuel Feliú defendió la idea de prorrogar el mandato presidencial. El gobierno había cumplido en prácticamente todo lo prometido en materia de crecimiento económico, alcanzado cifras cercanas al 10%, y demostrando que la eficiencia económica y la democracia política eran términos plenamente compatibles.

La hora de la equidad

Desde 1991 el gobierno venía implementado una intensa agenda en materia de gasto social. Ese año tenía la particularidad de no ser un año electoral, a diferencia de los dos venideros, y por tanto, era un momento propicio para materializar una agenda social encaminada a sentar los cimientos de un Chile más justo. Se le definió como “el año de las realizaciones” y aunque hubo muchos logros, el Ejecutivo sabía que eran insuficientes para una parte importante de los chilenos.

Aprovechando la coyuntura del debilitamiento de la derecha producto del denominado “caso Piñera”, y de lo inapropiado que resultaría cuestionar la mantención de las obligaciones tributarias en medio de un año electoral, a fines de 1992 el gobierno propuso prorrogar los efectos de la reforma tributaria de 1990. Como se esperaba, los empresarios y la derecha optaron por flexibilizar sus posturas y aceptar la propuesta del Ejecutivo.

El año 1993 la estrategia fue perseverar en el camino trazado, poniendo el énfasis en la justicia social. Se habló entonces de “crecimiento con equidad creciente”, entendiendo que el modelo que había propuesto la Concertación no era “mágico” y requería de un esfuerzo sostenido donde el Estado y el sector privado se articulasen en pos de la gran tarea de elevar la calidad de vida de los chilenos.

A fines de ese año, en Enade, el líder de la CPC destacó el “genuino aporte que han efectuado los empresarios a la estabilidad y al progreso del país”, al mismo tiempo que reconoció la “prudencia y ductilidad mostrada por el presidente Aylwin y sus colaboradores, para conjugar las distintas visiones que había sobre el desarrollo económico y social.”

Sin duda, el gobierno de Aylwin fue prudente. El escenario político, social y económico -en un contexto castrense politizado- así lo exigía; ¿de qué otra forma sino se hubiese podido transitar pacíficamente hacia una democracia plena después de 17 años dictadura?

¿Un gobierno dúctil? No. El modelo económico aplicado era claro: “crecimiento con equidad”; los empresarios estuvieron disponibles para lo primero, quedando al debe con lo segundo. Hoy el país está “pagando” las consecuencias.




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